Él arruga el semblante cuando la enfermera saca la aguja de su brazo. Todavía no ha logrado acostumbrase a esa sensación punzante que se repite tres veces cada día. Con gesto amargo, se remueve incómodo entre el tacto aséptico y acartonado de las sábanas. De nuevo, quiere estar tranquilo. Es tarde y el cansancio que ha acumulado es ahora insoportable. Cierra los ojos y trata de respirar intentando calmar la ansiedad que se apodera de él a medida que avanza la noche. Vuelve a hacerse la misma pregunta, a rogar a quien pueda escucharle que ésta sea la última. Cierra los ojos. Desea no volver a ver la luz del día.
Ella sale a la calle a tomar un poco de aire. Le encanta bailar. Se ha pasado toda la noche moviendo las caderas acompasada con sus amigas. Las sandalias de tacón le están devorando los pies. Se sienta en la acera, debajo de una farola. Estira las piernas y dirige su mirada hacia la tercera fila de ventanas en la que sólo una de ellas está iluminada. No puede evitar preguntarse quién ocupa esa estancia. El sonido de la puerta del bar le hace abandonar sus pensamientos. Su mejor amiga intenta mantener el equilibrio para llegar hasta la acera y sentarse con ella. Ha bebido demasiado o no ha sudado lo suficiente. Con la cabeza de su inseparable apoyada sobre su hombro, vuelve a mirar la ventana. La luz se ha apagado. Un escalofrío recorre sus brazos. Entra al bar a buscar la chaqueta que había dejado olvidada.
Vivir o morir, disfrutar o padecer, llorar o reír, caminar o parar, odiar o amar. Debemos elegir bien,  porque el tiempo corre muy rápido.
“La muerte es una vida vivida. La vida es una muerte que viene”. Jorge Luís Borges.
 
 
Mientras estamos aquí
Autora:
Arancha García
 
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