Muchos somos los afortunados por haber nacido en este primer mes caótico. Digo afortunados porque nuestra concepción pendía de un sutil hilo al tener que producirse en fechas tan apartadas del disfrute de la carne y tan próximas al ayuno y la abstinencia. Y digo también caótico porque nacer en enero implicaba, y hablo de hace cuarenta y tantos, permanecer en casa sin ver la luz del sol al menos tres o cuatro meses, exceptuando una visita ultrarrápida a la iglesia el día del bautizo. No existían entonces los cochecitos de bebe último modelo con capota anti congelación, ni los sacos térmicos en los que los recién nacidos parecen personajes sacados de “Odisea en el espacio”. Habitábamos ajenos al mundo, sin que nuestros progenitores mostraran atisbo de culpabilidad. Fuimos niños y niñas marmotas a la fuerza.
 Si tenias la suerte de nacer durante la segunda quincena del mes, ya se habrían olvidado y recuperado de los Reyes, y, por consiguiente, tu regalo de cumpleaños no corría peligro. Pero, si tu onomástica rondaba los primeros días de enero, la cosa se ponía fea: tenías que conformarte con uno para todo.
Nacidos en plena vorágine de la archiconocida cuesta más empinada del año, éramos los grandes damnificados en una sociedad quizá menos consumista que la que tenemos hoy en día pero con mucho afán por mantener una economía doméstica bien saneada: cero excesos. Somos austeros por naturaleza.
Lo  mejor, ser el mayor de la clase. Puede parecer una tontería, pero daba un dulce regustillo saberte siempre inalcanzable. Luego, conforme cumplías años, deseabas haber nacido meses más tarde porque ya no eras el mayor de clase, sino el más viejo de tu quinta y eso, a cierta edad, duele.
Quien haya nacido en enero sabe de lo que hablo.
 
 
Quien haya nacido en enero...
Autora:
Arancha García
 
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