Mucho antes de que yo me jopara otros muchos en la familia lo hicieron. Entre ellos, mi tía Maria, prima hermana de mi madre. Fue allá por el 39 del siglo pasado cuando junto a sus padres con lo puesto abandonaron su casa en el Pasaje de los Ciudadanos de Barcelona y se marcharon andando a Francia.
Acabamos de hablar, ¡una hora al teléfono!, lo hacemos a menudo, primero nos ponemos al día en cuestiones de salud, yo le cuento mis cosas que parecen no tener fin y ella, a escape acaba, y resignada comenta, “ósea, este año tampoco vendrás. Yo todo en su sitio, ni una pastilla, ni un médico. Noventa y dos años y medio”. Luego hablamos de los recuerdos y de la familia, “cosa difícil y complicada” como escribía Pla, con humor, mucho humor.
Siempre que pudo se escapó a España dos o tres veces por década hasta mediados de los ochenta junto con su hermana Nati, sus padres Miguel y Maria, el tío Blas, todos muertos ya por causas propias de la edad, venían a disfrutar de las fiestas de San Roque y de Torrijo.
Cuando el catorce de agosto del 2017 se despertó en Toulouse pensó que con noventa años era el momento de volver a España, quizás por última vez. Llamo a su hija, se subieron al coche, ambas viudas, ambas conducen, y a las cinco de la tarde sonó el timbre. Quería ver con vida a su prima Delfina, ni siquiera recordaba su muerte una semana antes, ¡bendito lapsus!
Fueron días inolvidables, sin dejar de comer jamón y queso, hablar y recordar. Se levantaba la primera, se acostaba la última, perseguía la charanga, aplaudía las jotas, bailaba pasodobles y se animó con el Baile de San Roque a la bajada de la cuesta cuando le invitaron a entrar en la fila. Resulto maravilloso.
En el momento de la despedida con el fresco de las nueve de la mañana y la calle por barrer, en el patio de casa emocionados nos quedamos sin palabras, nos volvíamos a Castellón y ellas se subían a pasar el día a Torrijo. El paraíso en la tierra donde comenzó todo.
Fue poco antes de las dos cuando mi madre, (quien no había prestado atención a la despedida), asustada y sin saber que hacer llamo, “Tus tías se han ido cuando vosotros y dice la Nati y Juan José que allí no están y les dijeron que acudirán a comer. Les ha tenido que pasar algo, habrá que preguntar y dar parte. Solo falta… Espera que siento el móvil”.
Aquella mañana hicieron los poco más de diez kilómetros que separan Calamocha de Torrijo en cinco horas, ni siquiera cuando la familia iba andando, costaba tanto. Y vinieron a contar que fue un viaje verdaderamente maravilloso y el mas bonito que se pueda recordar. Un valle inmenso de color amarillo rojizo, montañas de tierra blanca a un lado y el verde del rio y sus montes al otro, una tierra tan bonita que te hace parar a contemplarla, mirar a uno y otro lado sin saber dónde fijar la vista. Nada de eso a decir de mi tía, encuentras en Francia. ¡Y luego se pregunta por que no voy a verla!
Recorrieron El Poyo, Fuentes Claras y Caminreal. Se acercaban con el coche a la plaza, aparcaban y echaban andar y saludar a unos y otros y todas las puertas se les abrían, “eso en Francia no pasa, aquí la gente es maravillosa, en todos lugares nos han invitado, la iglesia, las viejas casas, las nuevas, el rio, hemos visto todo. A la Plácida se lo he dicho, si fuéramos algo más jóvenes y sin nada en Francia nos veníamos aquí a morir”.
 
A Maria Alba Mateo y su hija Nelly. San Roque 2019.
 
 
 


La tía María de Francia
Autor:
Jesús Lechón
 
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