Este 22 de marzo se cumplirán ochenta años de un hecho tan asombroso como desconocido del cual ni José María de Jaime ni Jesús Blasco supieron darme razón en el momento en el que emocionado les pregunté.
En su día seria todo un atentando a la autoridad, un lamentable suceso, una temeridad y una irresponsabilidad de padre y muy señor mío por parte de sus jóvenes protagonistas. Sin embargo, hoy podemos darle tintes de heroicidad, de gesta y acontecimiento digno de ser recordado. Veamos que sucedió en Calamocha el Viernes Santo 22 de marzo de 1940
La guerra había durado exactamente treinta y dos meses y once días. El panorama de España era desolador. Imposible precisar el número total de víctimas habidas en los frentes y en la retaguardia. Tampoco podía conjeturarse las que ocasionaría en lo sucesivo la represión iniciada por los vencedores —«¡esto clama al cielo!», seguía gritando... (Fragmento de José María Gironella “Ha estallado la paz” 1966).
Era alcalde cuando todo esto ocurrió sin haberse cumplido el año del fin de la guerra, don Emilio Benedicto Marina quien a buen seguro clamo al cielo al ver estallar el fútbol cuando si dabas un paso en falso se te iba la vida en ello. Por lo que he leído, debió ser una de esas buenas personas en medio de tiempos revueltos, reseñar simplemente que fue cocinero antes que fraile, pionero futbolista, directivo y entusiasta del Club Deportivo Calamocha. Luego nombrado alcalde al llegar la guerra, meses después expulsado de Falange, “por no deberse ni a ella ni al imperio de Dios en sus actuaciones en el cargo” y rechazada su dimisión por sus concejales “por su acierto, honradez y laboriosidad en gratitud a sus imparciales y justos servicios”.
Érase una vez once calamochinos quienes, habiendo vivido como espectadores los comienzos del fútbol terminada la guerra quisieron revivir aquellos días de gloria futbolera. Convertirse en protagonistas. jugar un partido, liberarse de tanta tristeza como les rodeaba, mirar hacia delante y darse una alegría rememorando las tardes del Deportivo que terminaron en 1935 con un par de enfrentamientos que se contaron por derrotas frente a la Agrupación Deportiva Monrealense.
Yo os aseguro que mi pulso no temblará, que mi mano estará siempre firme. Llevaré la Patria a lo más alto, o moriré en mi empeño" (Franco, 1936)
De aquel Viernes Santo lo único que por ahora sabemos es que a los integrantes del equipo el pulso no les tembló su pie se mantuvo firme y llevaron a cabo el partido aun habiendo sido avisados por todos, militares, religiosos y civiles, locales y provinciales. Saltaron a jugar y fueron por ello denunciados al unisonó el 9 de abril con quince pesetas de la época por cabeza que todos y cada uno de ellos pagaron el 22 religiosamente y en equipo según consta en la denuncia que guarda el archivo de la villa.
La alineación, los cofrades, del que podríamos llamar Santo Deportivo Calamocha, mártires del futbol fue la siguiente: José Jaime Gómez, Mariano García Roy, Domingo Casamayor Villalta, José María Romances Pamplona, Enrique Roy Pamplona, Antonio Serrano Clemente, José Corbatón Esteban, Carlos Berbegal Agudo, José María Gome de Gracia, Jose Botella Sansuli y para los once faltaría uno. Qué les llevo a desafiar a la autoridad de esa manera en un momento así y en fecha tan señalada, qué pretendían, porqué lo hicieron, vinieron de Monreal o Daroca a jugar o no hubo rival. ¡Surgen tantas preguntas! Aquel partido debería entrar a formar parte de los actos de nuestra silenciosa Semana Santa y los viernes entre procesión y procesión romper el silencio como hicieran ellos y darnos un merecido descanso recreando aquel encuentro.
Más adelante con permiso de la autoridad competente aquellos jóvenes podrían jugar al fútbol y lo harían bajo la denominación del Rayo Calamocha y eso es lo que fueron un rayo de esperanza aquella primera Semana Santa acabada la guerra.
 
 
 


El fútbol en Viernes Santo
Autor:
Jesús Lechón
 
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