“Anda maña, le decía mi abuela Rosa la Torrijana a mi madre, llégate al cajero contra la tapia de los Marinas en la fuente y trae un puñado de tierra blanca, limpia y fina para restregar los atoques”
A Nikolai, uno de los personajes nacidos de la imaginación de Lucia Roy, el tiempo que haga allá en Cracovia le da igual dado que siempre está a cubierto trabajando y esculpiendo una obra de arte tras otra. Día tras día, encerrado en la mina de sal. A mí me sucede algo parecido. Sin salir de casa leo y todo lo demás parece darme igual, ni tan siquiera me asomo a la ventana.
Viajo sin riesgo alguno entre letras al país del Jiloca. Me divierto a través de los autores de Caolín, libro coral, (Imperium Ediciones Año 2020) repleto de pequeños relatos, tan magnifico que por momentos me parece un sueño poder leerlo en medio de estos grises días que darán paso si nadie lo remedia y nadie parece que vaya a hacerlo, a un final de año negro.
Allí en La Poza en su calle esta la entrada a la mina de sal al mundo de los sueños de Lucia, poética, enigmática, sugerente, lo tiene todo. Por sus páginas comienzo la lectura. A mi padre le hubiese gustado la historia del minero y más aún saber de ella como escritora. Su madre y la mía han pasado un par de tardes este verano recordando. ¿Te has leído lo escrito por la Luci? Pregunta mi madre cada tarde.
Cristina Jiménez da pie a la escritura dulce. A la belleza de contarnos la receta de las judías verdes de un modo imborrable. Dejo el libro, camino hacia la nevera, estoy de suerte, cenaremos judías. Sus letras deberían dar pie a un diario, algo así como Mi vida lejos de Calamocha, escrito allí mismo frente a la puerta de la iglesia, en el centro de aquel lugar donde en apariencia nunca sucede nada. Los lectores agradecidos debemos ser egoístas y pedir. No hay mayor elogio.
A veces hasta me sucede a mí, me piden que escriba y no siempre es fácil. Leer en cambio no resulta tan complicado, aunque a veces te ahoga el corazón. Dudas y piensas que hacer si seguir hasta el final aun a riesgo de caer o dejarlo. Obviamente sigues y Carmen Prado te suma en la tristeza, la ausencia, la intranquilidad y a veces el miedo. No hay tregua entre sus líneas con la muerte omnipresente y la viva angustia de leer de un tirón aun a riesgo de no poder terminar y acabar sin aliento. Llenas a su vez de letras evocadoras finalmente balsámicas. Te engancha.
Álvaro Blasco la única presencia masculina en la obra viene a poner letra a las historias sencillas de la vida cotidiana reflejada en la importancia de los pequeños detalles que engrandecen su lectura. Entre ellos lo erótico más allá de lo simplemente humano junto con lo cruel del día a día. Los pasos del desamor. Romántico en el amor y conmovedor en la tragedia.
Es difícil, muy difícil, contar tantas historias en tan pocas líneas, ponerse en la piel de personajes tan distintos y salir airoso y las páginas de Caolín están repletas de buenos ejemplos de principio a fin. El cual llega para mí con lo escrito por Victoria Gonzalvo. Con ella acabo un libro que me ha sorprendido tanto que la espera de ver lo escrito por sus autores en un futuro se va hacer muy larga. ¡Otra vez a vueltas con el tiempo! en este caso cronológico. Y así la última autora en mi orden de lectura erase una vez hace mucho tiempo que fue tocada por el Hada del Escritura y a dios gracias, dejó el ganchillo, tomó un boli y un papel y comenzó a escribir. Y lo hizo a lo grande reescribiendo en unas líneas Blancanieves, alguien tenía que hacerlo, era necesario. Lo mismo que contar historias tristes.
 
 
 


Caolín
Autor:
Jesús Lechón
 
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