. La peluquería de toda la vida. El lugar donde ingenio, sapiencia, cotilleo y drama se concentran.
La dueña, esa señora que ronda los ochenta pero mantiene el mismo aspecto que en la foto de inauguración. Coqueta, siempre rodeada de rulos, tijeras, tenacillas y restos de pelo pegados a la suela de sus alpargatas de cuña. El efecto que la laca propia y ajena ha causado en ella es evidente.
La empleada con más años en su haber. Empleada del año, de todos los años. Fiel a su jefa. No es la imagen ideal para un anuncio de champú anticaída. El uso indiscriminado de todas las marcas de tinte inventadas propicia que tenga que lidiar cada mañana con cuatro pelos huecos para disimular su galopante alopecia. En casa del herrero…
La segunda empleada del año. Soltera y entera. Alma cándida donde las haya. Su labor más apasionante es la de dar un tinte. Su autómata misión consiste en lavar cabezas, barrer el suelo y teñir pelos cortos. Tiene la piel grisácea, el gesto serio. No conversa. La imagino en su piso de toda la vida, el que fuera de sus padres, rodeada de silencio y gatos acurrucados a ella junto al brasero.
La empleada en prácticas, recién salida de la academia. Responsable de dar el toque de color y frescura. Conoce todos los temazos de la emisora oficial de la pelu y pone los ojos en blanco cuando las clientas comentan su “look” postmoderno.
Entro en la peluquería e imagino a su dueña peinando a las clientas como se hacía en la época dorada de Hollywood, con ondas gigantes a lo Maureen O´Hara o Rita Hayworth. Sonrío al ver carteles antiguos de lacas y “plis”. Permanentes y cardados ochenteros, las primeras mechas…
Todo vivido y guardado en este auténtico baúl de buenos recuerdos.
 
 
 
Lugares con solera (I)Peluquería Bucles
Autora:
Arancha García
 
(Todos los derechos reservados)