Santiago, sonriente tras el mostrador de su relojería en el rabal, nosotros unos críos sentados en su suelo leyendo tebeos que cambiábamos por un duro. Enfermo desde niño, enfermo en la madurez. Sus muletas, la diálisis, su Renault 5 blanco adaptado aparcado en la puerta. El reloj de mi comunión regalo de mi tío Manolo que arreglo y aun funciona. Santos, alguacil, invalido de nacimiento, moto, faria, festejador tardío en la Vall de Uxó, cazador, pescador que nos enseñó a poner jarcias en los puentes del Cubo. Gigante en la entrañable comparsa calamochina por toda la eternidad. Domingo, penúltimo guardián del rabal a la altura de la Poza, esquina bar de Santos, también suyo, tranquilo, sin perder detalle, de andar pausado. Allí quieto parecía siempre a la espera. Y entre nosotros Pablo, el mayor, de apellido Marco Sancho, hermanos y solos junto a su madre, Manuela Sancho Rebollo, sus tíos Gil y Santiago, hermanos de esta y la más absoluta tristeza y pobreza desde el 14 de septiembre de 1936 cuando su padre don Pablo Marco Rando “fue muerto por defender su trabajo, por la cobardía, ignominia y traición de unos pocos. Por defender sus ideales perteneciendo como Concejal a un Ayuntamiento republicano. Porque no quiso huir al no tener causa ni motivos. Por que defendía a su mujer e hijos, por que fue Cabo en el servicio militar”. Asesinado.
Acabado el verano mi tía Pili dejo en casa de mis padres los libros dedicados que don Pablo me regalaba. Días después paseando por la playa le llame para agradecerle el detalle, él también estaba junto al mar apurando los últimos días del estío. “Leeré sus libros en invierno, con el frio” recuerdo que le dije, pero no pude esperar y comencé a leer un día de lluvia Los crímenes olvidados, 2003. Y lo hice por el capítulo IV. La historia de su familia mil veces escuchada en otros tantos corros, soy el primero en reconocer, la tenía olvidada. Y más allá de lo que uno haya oído, debe ser leída.
El relato de la vida del autor y su familia es sobrecogedor. Toda un lección vital. Su lectura en estos oscuros tiempos resulta obligada si uno quiere entender mínimamente lo que hoy se afanan en contarnos a base de vacíos titulares. Leerla supone sumirte en la tristeza de quien lo vivió en primera persona, de quienes crecieron sin tan siquiera poder preguntar a su madre que paso o donde estaba su padre. Con miedo, con hambre, sin futuro, desconfiando de casi todo. Pero también es una lectura de una vida tierna y esperanzadora, de grandes personas, de creer en uno mismo, en la familia y también en esa buena gente que a pesar de todo siempre hay a uno y otro lado. De querer cambiar las cosas empezando por uno mismo, estudiando, trabajando sin fin. Canto a la ausencia, a la madre y a la vida. Pura ternura y agradecimiento constante a quienes le ayudaron. Entre ellos el maestro don Ricardo Mallén, también perseguido.
Los primeros capítulos  recogen la vida de un hombre sencillo, su padre, con punto y final el día de su asesinato. Escritos sin rencor, dejando constancia de la tragedia en Calamocha y España, a través de unas líneas tras las cuales hay cientos de horas de investigación, reflexión y también desesperación. Líneas que conforman una imprescindible lección de historia al respecto de aquellos días del verano de 1936 y los años que vinieron después y de la cual apenas si encontraremos algo en los libros de historia. Leer a don Pablo, conocer la vida de su familia y de los olvidados de Calamocha ha sido un placer. Un triste placer al que todos deberíamos  acercarnos. Dios le bendiga.
 
Josep Pla: “Leer la historia es muy agradable, en invierno, al lado del fuego. Vivir la historia es más difícil que leerla o escribirla. A veces es algo terrible, algo indescriptiblemente cruel y doloroso”.
 
 


Los olvidados
Autor:
Jesús Lechón
 
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