La mariposa, símbolo de transformación. Pasa de arrastrarse por el suelo a volar libre. Todas nosotras hemos luchado por ser mariposas.
Llegamos a la vida y no elegimos dónde nacemos, ni el tipo de familia que nos va a acompañar el resto de nuestros días. Somos la inocencia que sale a la luz. A medida que crecemos, tomamos nuestras propias decisiones. Decisiones que marcan para siempre. Decisiones que dejan huella.
Empezamos sintiéndonos inferiores. Nos creemos orugas en un medio en el que no triunfan quienes arrastran sus organismos flácidos. Nos sentimos feas y gordas, odiamos las caderas anchas y las piernas voluminosas. Nos damos asco.
Nos perdemos infinitas salidas porque no nos gusta lo que vemos. Siempre hay una excusa. Nos auto engañamos e intentamos engañar a los demás. Siempre obsesionadas con el etiquetado de los alimentos. Entrenamos nuestro cerebro para que calcule en décimas de segundo cuántas calorías toleramos y cuántas están de más. Y ¿de qué nos sirve? En los momentos de mayor ansiedad, somos capaces de ingerir cantidades ingentes de saturadas e hidratos sin control. Cuando nos damos cuenta, ya es demasiado tarde. Nos invade la culpa y lo vomitamos todo. Al día siguiente el desánimo se apodera de nosotras, nos quedamos sin fuerzas y, en la mayoría de las ocasiones, marcadas con venas rojas fruto del esfuerzo.
Bregamos con empeño para que la gente de alrededor no sea consciente del cambio de actitud y de nuestro extraño comportamiento. Es complicado, pero, por suerte o por desgracia, tenemos un cerebro excepcional y podemos llevar a cabo nuestras conquistas sin ser descubiertas.
Caminamos silenciosas por un sendero de autodestrucción en el que sólo hay dos posibilidades; frenar, mirar atrás y poner solución o decir adiós poco a poco a nuestra vida cada vez que tiramos de la cisterna.
 
 
 
Vuela, mariposa (I)
Autora:
Arancha García
 
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