Ardió la hoguera del Santo Cristo y terminó el verano. A escape volverán el color los chopos del Jiloca al ocre pregonero del frío, el invierno y la soledad. Se cerrarán las casas de los agosteros de hoy y se hará el silencio en las calles. Volveremos la vista al cielo, temerosos una vez más de poder seguir adelante hasta alcanzar un nuevo verano. Y finalmente con el comienzo del curso escolar sentiremos de nuevo nuestra propia fragilidad, esa que tenemos por eterna sin serlo.
A lo largo de los días pasados al amparo del sol efímero y esperanzador del estío, hemos hablado en Radio Calamocha de libros. Diez programas, dos docenas y media de novelas, cinco horas charrando sin parar de escritores y obras amparadas por el rio que nos dio la vida, el Jiloca. Ese que como nosotros parece nadar contra corriente a través de su sedienta llanura. En la antesala del ultimo programa, José María de Jaime me comentó lo siguiente: “¿No te sorprende la cantidad de escritores que salen de nuestros pueblos en proporción al número de habitantes? Esta inclinación literaria que no es de ahora, me llamó la atención hace años cuando hacía estadísticas de personalidades destacadas de la comarca del Jiloca. En todas las épocas han salido bastantes escritores. Hice un estudio comparativo con celebridades de la comarca del Palancia y allí salían muy pocos autores en comparación con el Jiloca y eso que contaban con obispos, canónigos y numerosas órdenes religiosas con casas abiertas... Algo especial tenemos allí que deberíamos tratar de desentrañar”.
Quizás la respuesta más cercana a nosotros este en la obra de Juan Antonio Usero. En ella queda trazada de principio a fin esa eterna existencia nuestra con la vista puesta en el cielo día y noche, a la espera del frío y el calor, de la lluvia, de la sequía y el pedrisco. Del tren que no llega y no espera a nadie, de esa carretera que pasa de largo. De ese vano estar pendientes de nosotros mismos, mirando para otro lado o enfrentados por difusas banalidades en medio de nuestra nada. Eterna tierra de paso para la industria, el dinero y el poder. La vega y la llanura, hoy cansina pardina envejecida, todo, ¡todo! parece condenarnos primero a la emigración y más tarde a la desaparición. La queja y el lamento. Cansados de esperar, ¿a quien, a que?
Esa conciencia de la eterna fragilidad en la que hemos nacido y vivimos, el sabernos mortales, conocedores de que nunca tendremos mar, ni un cielo protector, ni seremos el punto final de nada, ni centro de las miradas de nadie. Nos lleva a la certera intranquilidad de que un día no quedara ni nada ni nadie, y hasta los cementerios cerraran.
Quizás por eso son muchos lo que han escrito a nuestra tierra, la suya, años y siglos atrás, antes que nosotros. Conscientes de vernos tan vulnerables como la misma tierra que nos vio nacer. Y así: Deseamos dejar escrito que un día nacimos y vivimos en una tierra maravillosa a la cual en apariencia tan solo supimos amar entre letras. A veces hasta pedimos perdón, pues no fuimos capaces de hacerlo de otra forma, no se dejó doblegar. Del resto nunca nadie esperó nada. Nos dio la vida y nos empujó, a vivirla lejos de allí a la mayoría. Agradecidos queremos escribir cómo era nuestra tierra, cómo fuimos. Y que en el futuro, cuando todo desaparezca, otros lean, añoren y canten la tierra que amamos esa que apenas tan solo pudo darnos la vida.
Recordando ¿Por qué escribo? del tristemente desaparecido Félix Romeo (1968-2011): Escribimos para existir, para ser visibles cuando dejemos de serlo, para tratar de despertarnos cada día y seguir vivos, escribimos para vivir mas tiempo, y también para recordar, porque tenemos algunas historias viejas que contar de nosotros mismos y de nuestra tierra...
 
 


Vivir para contarlo
Autor:
Jesús Lechón
 
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