El de siempre. Cuna de célebres hojeadores del periódico de semanas pasadas acompañados por el cortado eterno. Cuna de forofos de Perico Delgado y del enésimo clásico del milenio.
Decoración exquisita. Saga de trofeos atesorados en vidrieras amarillentas. Fotos color sepia de los míticos solteros contra casados años setenta. El cartel de las últimas fiestas  en las que gobernaba UCD. Una diana, dos tragaperras y un futbolín marcado por cigarros consumidos.
El dueño que sobrepasa con creces la edad máxima de jubilación pero que no ha sufrido las inclemencias del paso de los años. El oráculo del saber. El silencio hecho carne. Imperturbable. Monocromo. Lo mismo te prepara unos variantes a la hora del vermut que un helado tres gustos  con galleta revenida. Encorre a la máquina de café y alarga a la vez el brazo para coger un rosli. Todo ello mientras sella la quiniela y prepara un Larios con tónica, envidia de las terrazas más glamourosas de la capital.
Los “vip”, cuatro, titulares indiscutibles de “el que pierde paga” en rondas de tres a ocho de la tarde. Tienen su fortaleza en la mesa del centro del local, intocable. Tapete “made in” Caja Rural versus baraja del Central Hispano con aroma a celta corto. Coñac patrio, triunfos reseñados por palillos reutilizables y las cuarenta cantadas a golpe de nudillos. Perfecta sincronía ritual.
Pareja de trajeados saludadores por ser el foco de atención, bien a mitad de mañana, bien a la hora del agua con gas. Lástima salir oliendo a morro con su ajo y perejil. Aún así, vuelven.
Las señoras de la tarde, las señoras del café (y alguna del anís) acompañan su tertulia rosa con los churros exgrasientos y lánguidos de ese día, con suerte.
Bares con alma en peligro de extinción.
 
 
Lugares con solera (II)
Café-bar España
Autora:
Arancha García
 
(Todos los derechos reservados)