Llega el año 2000 cantaba Miguel Ríos por aquel entones. Nuevo siglo, nueva era. El cambio con mayúsculas. El fin del mundo según los antiguos vaticinios. Nada más cerca de la realidad. Será porque una ya se hace mayor, que veinte años son media vida y dan para mucho, que recuerdo con nostalgia el final de los maravillosos 90´s.
Vivimos deprisa. Echamos la vista atrás y da la sensación de que la vida sigue igual. Pero no es así. Hemos pisado el pedal del acelerador de nuestro ritmo vital y ya no hay quien nos pare. ¿Qué nos ocurre? “Fast-life” lo llaman algunos. Yo me permito el lujo de bautizarlo como “Vorágine”.
El triunfo del mundo digital, de las nuevas tecnologías que nos llevan por la calle de la amargura. El declive del cara a cara en todos los sentidos. Demasiadas facilidades para el día a día y la consiguiente anulación como seres sociales interactuantes. Ya no hablamos mirándonos a los ojos, o lo hacemos las pocas veces que desviamos la atención de la pantalla del móvil. Ya no saboreamos el tacto de las páginas antiguas ni de las nuevas; aglutinamos cientos de libros en aparatos del tamaño de un paquete de pañuelos y leemos el periódico on-line. Ya no nos esforzamos por resolver ni una sola duda porque la máquina del mal, más conocida como Google, nos hace la tarea. Somos humanos de catálogo. Felicitamos los cumpleaños en 30 caracteres y damos las buenas noches al resto del planeta vía Facebook, previa foto-postureo “qué cansado estoy”.
Funcionamos a la perfección bajo la premisa de la ley del mínimo ahínco, ni siquiera nos esmeramos en favor de nuestro disfrute. Qué triste. Mecanizamos la actividad diaria y la culpamos de nuestro hastío. Reímos poco y sin ganas. Bailamos poco y mal. Cantamos poco, básicamente porque la única música que nos rodea nos hace “perrear”. Dormimos poco, nuestro cerebro está tan saturado de luminosidad que nos cuesta conciliar. Vivimos poco.
¿Éramos así hace 20 años? No. Éramos diferentes. Parece como si el 2 nos hubiese encorrido desde su llegada. Maratón contrarreloj, adrenalina a tope. Rutinas frenéticas. Somos capaces de tragarnos una temporada entera de Juego de Tronos durante la tarde del domingo mientras que hace dos décadas esperábamos con impaciencia la noche de los martes para ver el capítulo de Médico de Familia que nos había tenido en vilo una semana entera.
Y ¿qué hay de los amigos? No me refiero a los que nos dan likes en Instagram, si no a los amigos de verdad. Esos con los que pasábamos tardes enteras de cachondeo alrededor de latas de cerveza y bolsas de pipas y patatas fritas. Esos de los que ahora sabemos de su existencia gracias a sus  estados de Whatsapp.
Amistad, ocio, diversión… Recuerdo estas palabras como base del modus vivendi de una sociedad que se ha convertido en el vivo retrato de la imaginación más apocalíptica años ha.
Yo me bajo de este carro. Me apunto a las noches de tapeo y vino. Me apunto a las risas  y a la felicidad en los ojos de quien me mira. Me apunto al Carioca azul oscuro y a los nervios incontrolables porque el 76 no sale y es el único que me queda por tachar. Me apunto a un karaoke, dejándome la garganta con canciones de Nacha Pop y Héroes del Silencio. Me apunto a bailar hasta tener que hacerlo descalza. Y tú, ¿te apuntas?
 
 
 
Lugares con solera (IV)
Veinte años y un cambio de siglo
Autora:
Arancha García
 
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