Un pasillo largo, aséptico, coronado por sencillas escayolas de un blanco impoluto.  El silencio que la sigue, los pitidos de aviso que llegan hasta la central de enfermeras. La sala que la espera se anuncia al fondo. Allí, una veintena de brazos punzados, conectados a máquinas infernales que, juntas y casi al unísono, llenan la estancia de una melodía lúgubre.
Unas leen desprovistas de entusiasmo; otras permanecen inmóviles con los cascos puestos y no se sabe si de ellos sale música o sólo les sirven para ensordecer el ambiente.
La “nueva” palidece; el color de su piel se confunde con el de las paredes, las sábanas, los uniformes del personal. Se traga el miedo. Sonríe a la chica junto a la que se sienta en la camilla que tiene asignada. Casi todas las demás han cambiado la cabellera por el turbante a juego con el vestido. La miran con una mezcla de empatía y resignación, intentan infundirle el valor que ni siquiera ellas poseen.
La enfermera le explica el procedimiento. De vez en cuando, la acaricia y gesticula amable. La “nueva” distribuye su atención en todas y cada una de sus compañeras. No hablan, sólo cruzan miradas. Debe acostumbrarse a esta imagen porque tiene por delante sesiones interminables en las que únicamente tendrá que esperar y no perder la esperanza.
Es fuerte, valiente, aprendiz de una forma diferente de ver la vida.
Por todas ellas. Por las que luchan a diario contra el abismo de esta enfermedad. Por las que han conseguido vencerla. Por las que no. Porque no haya un solo día en el que nos olvidemos de que todas podemos ser las “nuevas”. Porque no haya un solo día en rosa para recordar la batalla, ni una sola carrera al año para respaldarla.
 
 
 
La vida en rosa
Autora:
Arancha García
 
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