La vida no depende de las manos que la dibujan, si no de los ojos que captan su color.
Una tarde cualquiera en un inmenso parque, rodeada de frescor y vida. Me siento a observar, en silencio, expectante, con cierta curiosidad. Llama mi atención un joven que reparte sus dibujos en el suelo. No los vende. Transmiten belleza y buen gusto. Son retratos de mujeres desnudas o vestidas livianamente. Lo que las une es el brillo especial que desprenden sus ojos.
El pintor ha formado parte importante en la vida de las féminas que ha retratado. Quizá se enamoraron o acaso compartieron una historia única.
Una señorita se acerca para contemplar las láminas. Antes de fijarse en ellas, clava sus grandes ojos en el artista. Ese chico posee algo especial. Minutos más tarde, es una pareja de ancianos la que entra en escena. Se paran y se miran con ternura. Ojean los cuadros, sonríen al joven y se marchan felices.
Un grupo de adolescentes se acercan. Chocan los codos, se ríen, se tapan los ojos avergonzadas… La viva imagen del falso pudor.
La última persona en la que centro mi interés es un señor con traje y maletín. Su apariencia es superficial, pero algo me dice que no es así. Su rostro se apena. Examina las obras con amargura. Es lo que siempre quiso hacer. Su gran sueño incumplido. Arte, arte en cualquiera de sus vertientes. La expresión de su oscuro interior.
Un joven pintor, una veintena de dibujos, mujeres que brillan, sensaciones encontradas. Ese chico tiene mucho talento. No importa  lo que pinta si no lo que provoca. Al principio, pienso que es él, después lo que expone. Es el todo. Es la manera de ver. Es la manera de percibir lo que se ve.
 
La vida no depende de las manos que la dibujan, si no de los ojos que captan su color.
Una tarde cualquiera en un inmenso parque, rodeada de frescor y vida. Me siento a observar, en silencio, expectante, con cierta curiosidad. Llama mi atención un joven que reparte sus dibujos en el suelo. No los vende. Transmiten belleza y buen gusto. Son retratos de mujeres desnudas o vestidas livianamente. Lo que las une es el brillo especial que desprenden sus ojos.
El pintor ha formado parte importante en la vida de las féminas que ha retratado. Quizá se enamoraron o acaso compartieron una historia única.
Una señorita se acerca para contemplar las láminas. Antes de fijarse en ellas, clava sus grandes ojos en el artista. Ese chico posee algo especial. Minutos más tarde, es una pareja de ancianos la que entra en escena. Se paran y se miran con ternura. Ojean los cuadros, sonríen al joven y se marchan felices.
Un grupo de adolescentes se acercan. Chocan los codos, se ríen, se tapan los ojos avergonzadas… La viva imagen del falso pudor.
La última persona en la que centro mi interés es un señor con traje y maletín. Su apariencia es superficial, pero algo me dice que no es así. Su rostro se apena. Examina las obras con amargura. Es lo que siempre quiso hacer. Su gran sueño incumplido. Arte, arte en cualquiera de sus vertientes. La expresión de su oscuro interior.
Un joven pintor, una veintena de dibujos, mujeres que brillan, sensaciones encontradas. Ese chico tiene mucho talento. No importa  lo que pinta si no lo que provoca. Al principio, pienso que es él, después lo que expone. Es el todo. Es la manera de ver. Es la manera de percibir lo que se ve.
 
 
 
 
C’est la vie
Autora:
Arancha García
 
(Todos los derechos reservados)