Desde tiempos inmemoriales, la visita diaria a la tienda de ultramarinos era obligada. Ahora, esa visita es ocasional. Es más, los colmados corren peligro de extinción.
Elegancia en grado superlativo, el poderío del comercio español. Al frente, el gran mostrador de madera maciza techado en mármol. En su parte trasera, hileras interminables de cajones con tiradores en forma de concha y sus correspondientes placas identificativas que anuncian el contenido de cada uno de ellos. Balanza lacada en blanco, compañera inseparable de la caja registradora del 1800. La estantería de dimensiones imperiales guardaespalda el mostrador: geles, champús, detergentes en polvo, lacas, botes de colonia de litro, lociones para después del afeitado… forman su gran inventario.
Cajas repletas de fruta y verdura abrillantada llaman la atención en primera instancia. Sacos de tela abarrotados de garbanzos castellanos, lentejas pardinas y alubias blancas de manteca. El bacalao, siempre exhausto, siempre tumbado en su ataúd de madera resalada. El bacalao, en eterno combate con el altivo congrio seco de rictus imperturbable. Amplio surtido de encurtidos al peso. Taco de bonito en escabeche, anchoas y sardinas de cubo. Delicias para un paladar que quedará anestesiado casi de por vida.
Mención especial al único embutido que se vende por expresa voluntad escrita del fundador: el jamón serrano, con sus mazas y sus puntas dispuestas a ser fileteadas o cortadas en tacos.
Abanico de compotas y mermeladas perfectamente embotadas con sus caperuzas de tela de cuadros rojos y blancos. Se comen con solo mirarlas. Que no falte la de ciruela.
Completa la imagen el encargado. Ese señor, a punto siempre de jubilarse, que viste la misma bata blanca de botón gordo que usaba su tatarabuelo. Nada más que decir o todo por contar.
El colmado resistirá, seguro, al traspaso firmado con caligrafía oriental.
 
 
 
Lugares con solera (IV)
El colmado aragonés
Autora:
Arancha García
 
(Todos los derechos reservados)