En un magnífico palacio de Daroca vivía don Francisco de Orera, infanzón de ilustre linaje. Se encontraba la casona en la parte alta de Valcaliente, calle  principal de la Ciudad, próxima a la iglesia de San Miguel, de donde eran parroquianos los Orera.
Don Francisco tenía por gran amigo al canónigo del Cabildo Colegial don Florencio de la Torre, que residía en “la Casa de los Canónigos”, en la calle de la Grajera, también principal de la Ciudad.    
Viudo desde hacía años, don Francisco tenía una hija llamada Brianda, muy buena y cariñosa con él, motivo de orgullo como padre, pero también de preocupación, por estar la muchacha en una edad complicada, pues frisaba entonces los 18 años. Tenía la  joven simpatía natural, escultural figura, hermoso rostro, negro cabello y bellos ojos, por lo que era  el centro de las atenciones de los mozos de Daroca.
Entre ellos estaba don Julián de la Cueva, de unos 30 años, arrogante y chulesco, amparado por su linaje familiar y su natural atractivo.
En un breve encuentro entre ambos jóvenes, Brianda quedó prendada  de Juan, verdadero seductor con  las muchachas a las que pretendía, que siempre rondaba la media docena, de lo que alardeaba además con bravuconería.
Al llegar a oídos de don Francisco esta relación, habló de ello con su amigo don Florencio, y éste, preocupado, dijo tajante: no lo consintáis de ningún modo; es un verdadero bribón, ya de muy joven le enseñé humanidades y era orgulloso, incorregible, fanfarrón y muy reñidor; más tarde  malgastó su herencia en juergas, juego y mujeres, se enroló en los Tercios Españoles y estuvo en Cuba, pero fue expulsado por su mala conducta; de vuelta a España ha hecho cualquier cosa para conseguir dinero y así seguir con su azarosa vida, y ahora, estoy seguro que pretende a Brianda por vuestra fortuna.
Toda esta conversación fue escuchada por un criado del canónigo, casualmente conocido de don Juan, al que no tardó en informar de lo que había oído.
Tremendamente enfadado se dirigió el joven a casa de los Orera y le dijo a don Francisco que pretendía casarse con su hija, con la seguridad de que ella le aceptaría. El de Orera, sin disimular su malestar, contestó que jamás consentiría esa unión pues quería para su hija un hombre honrado y el estaba muy lejos de serlo.  El pretendiente, encolerizado y fuera de sí, culpó al canónigo de la Torre de haberle “envenenado con sus opiniones” y llegó incluso a insultar gravemente a don Francisco, que inmediatamente llamó a sus criados para que lo echasen de la casa, lo que cumplieron  sin contemplaciones apaleando a don Juan hasta dejarlo tirado en la calle.
Varios días después, una tarde que ya oscurecía, paseaban Grajera arriba don Francisco y don Florencio, y al llegar a la Casa de los Canónigos se detuvieron charlando tranquilamente en la esquina de un estrecha callejuela, cuando de pronto un desconocido enmascarado y armado de un puñal de gran tamaño, atacó por la espalda y dio muerte inmediata a don Francisco; don Florencio se volvió hacia el atacante y recibió también una puñalada en el pecho, quedando ambos tendidos en el suelo en mitad de un gran charco de sangre, mientras el asesino desaparecía en la oscuridad.
A las pocas horas se detuvo al criminal, que resultó ser Silvestre Rubio, a quien don Juan de la Cueva había pagado por la fechoría, según confesión del propio Rubio.
Ambos fueron ahorcados en el patíbulo de la plaza, y desde entonces al lugar del crimen se le conoce como  “El Callejón de la Traición”.
 
 
 
El Callejón de la Traición
Autor:
Pascual Sánchez
 
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