Como en todo personaje histórico que se convierte en legendario, también en este caso existen grandes diferencias entre lo puramente real, las crónicas de su tiempo y las leyendas que se crearon con todo ello.
Dicho esto, paso a relatar un hecho indiscutiblemente histórico, pero en el que seguramente se han entremezclado circunstancias y matices que quizá no lo sean tanto.
En el año 1090 don Rodrigo Díaz de Vivar, se enfrentó a un ejército muy superior formado por la huestes del conde barcelonés Berenguer Ramón II y el rey moro de Lérida.
La batalla tuvo lugar en el Pinar de Tevar, zona montañosa próxima a Morella, junto a la población de Monroyo, y a pesar de la superioridad del enemigo, la victoria del Cid fue aplastante gracias a sus magníficas dotes como estratega; se aseguró don Rodrigo de que el terreno le fuese favorable en una zona boscosa con montañas a sus espaldas y dejando al enemigo una entrada muy estrecha hacia sus posiciones.
Antes de la batalla hubo intercambio de palabras, más bien insultos y burlas, entre el Cid y el Conde, a través de sus correspondientes mensajeros; en uno de ellos el catalán retó al castellano a salir a combatir en campo abierto, a lo que el Cid respondió con lo que ahora llamaríamos una “pedorreta”.
Don Rodrigo mandó a un pequeño grupo de sus hombres que saliesen del campamento haciendo creer a sus enemigos que estaban desertando y cuando fuesen capturados, decir que el Cid planeaba huir con toda su hueste en medio de la noche, aunque desconocían el lugar por donde sería la escapada. Los catalanes dividieron sus tropas para controlar todas las posibles salidas del pinar, y allí los esperaban emboscados los moros del Campeador, que acabaron con ellos con gran facilidad; simultáneamente el Cid encabezó con el resto de sus tropas un rápido ataque que terminó por dejar a sus enemigos completamente a su merced, obteniendo en pocas horas una victoria absoluta, aunque el caudillo castellano resultó herido al caer del caballo.
Más de 5.000 hombres, incluido el propio conde, fueron hechos prisioneros tras la batalla, que para recuperar la libertad tuvieron que pagar un rescate de 80.000 monedas de oro.
El botín ganado por la tropa del Cid fue igualmente importante, incluso se dice que entre los objetos de más valor se encontraba la espada Colada que pasó a ser propiedad de don Rodrigo y con el tiempo sería tan famosa como su otra espada, la Tizona.
Algunas fuentes afirman que el Cid fue evacuado a Daroca, por considerar que este lugar ofrecía más seguridad y además había abundancia de grano y ganado para la hueste (sic), y sobre todo, buenos médicos.
Ya recuperado en parte de sus heridas, aunque no totalmente repuesto, Rodrigo se reunió con su prisionero el conde Berenguer Ramón, para fijar las condiciones del rescate y establecer una serie de puntos para una concordia entre ambos, conocida como “El pacto de Daroca” en la que el barcelonés renunciaba al cobro de parias en un inmenso territorio entre Lérida, Tortosa y Denia, y se delimitaban sus territorios quedando Lérida y Bajo Ebro en poder del Conde y toda esta zona de la actual provincia de Teruel hasta Valencia para don Rodrigo.
Según otros autores los motivos de la larga estancia del Cid en Daroca no fueron sus heridas, que habían curado con rapidez, sino una enfermedad que lo tuvo encamado largo tiempo; lo que sí está claro es que el Campeador y Berenguer sellaron aquí esa concordia conocida en la Historia como “El Pacto de Daroca”.
 
 
El Cid Campeador y el “Pacto de Daroca”
Autor:
Pascual Sánchez
 
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