El 18 de enero de 1902 en las tapias del cementerio de Torrero de Zaragoza fue pasado por las armas un soldado del Regimiento Aragón, cumpliéndose la condena del Consejo de Guerra del 17 de noviembre pasado.
Para conocer los motivos de este terrible suceso nos remontamos al 15 de marzo de 1901 en Monreal del Campo, provincia de Teruel, donde este soldado se encontraba de permiso, cuando inexplicablemente asesinó a su abuela.
La Guardia Civil llegó al lugar de los hechos, detuvieron al joven y también a su padre, hijo de la difunta, al que en un principio se consideraba autor del parricidio. Pocas horas después, confesado el crimen por el hijo y comprobado por las autoridades, el padre fue puesto en libertad.
Al ser soldado el autor del asesinato, se hizo cargo del caso la Justicia Militar y el juez designado comenzó la instrucción del sumario. Pocas semanas después se celebró un Consejo de Guerra en el que el joven fue condenado a muerte y su ejecución se celebraría en una fecha indeterminada no demasiado lejana. Entretanto el soldado de Monreal quedaba recluido en la prisión militar de la Aljafería.
El 17 de enero de 1902 se fijó la fecha de la ejecución para la madrugada del día siguiente y el reo fue trasladado al acuartelamiento de San Fernando de Torrero en un vehículo militar perteneciente al Regimiento Galicia escoltado por una compañía de soldados de la misma unidad.
La capilla donde el soldado pasaría las últimas horas de su vida en la tierra se instaló en el pabellón de Mayoría del mencionado acuartelamiento acondicionada para esta circunstancia con un sencillo mobiliario y un altar presidido por un gran crucifijo custodiado por 6 cirios que estuvieron encendidos durante todo el tiempo. Las ventanas de la estancia estaban debidamente tapadas  para evitar la mas mínima vista desde el exterior, pues aunque no se dio publicidad de la ejecución ya comenzaba a verse gente en los alrededores del acuartelamiento, por lo que se dieron órdenes para evitar aglomeraciones.
El joven reo quedó en la capilla a la que estaba prohibida la entrada, salvo casos muy concretos como el del Capitán General, el Gobernador Militar, el sacerdote que le administraría los últimos auxilios espirituales y los hermanos de la Sangre de Cristo que tradicionalmente acompañan a los reos de muerte en sus últimas horas y posteriormente se hacen cargo de su cuerpo. También esta antiquísima Hermandad estableció altares en distintos puntos de la Ciudad para pedir por el alma del desdichado, estando los más principales en las puertas de las iglesias de San Cayetano y San Pablo.
Llegado el momento, el soldado fue conducido a pie desde el acuartelamiento al cementerio de Torrero y en la tapia del lado izquierdo situaron al joven a un metro de la pared. Frente a él, a 10 metros aproximadamente, se formó el piquete de soldados que minutos después acabarían con su vida.
Con bastante brevedad se produjeron los últimos momentos de esta historia en esta desapacible madrugada del invierno zaragozano. El sacerdote, a escasos centímetros del soldado le dio las últimas palabras de consuelo y le acercó un crucifijo a los labios. Momentos después se escucharon la voces de mando del oficial que mandaba el piquete..¡¡ preparen..armas, apunten…fuego..!! Una atronadora descarga se escuchó en la silenciosa y fría mañana y el cuerpo del soldado cayó desplomado. El oficial se acercó a él y descargó sobre su cabeza el reglamentario “tiro de Gracia”. Eran las 6 h de la madrugada.
Según testigos presenciales de los últimos momentos, el joven mostró gran serenidad durante todo el tiempo.
Un soldado de Monreal
Autor:
Pascual Sánchez
 
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