A modo de segunda parte del artículo anterior sobre La Guerra de Melilla, quiero dedicar este a uno de aquellos hombres con el que tuve el privilegio de conversar durante un par de tardes de un lejano verano en Badules sobre sus “aventuras africanas”.
Todo lo que me relataba, los lugares que mencionaba, las personas que conoció y hechos en los que participó, indicaban que la memoria de aquel hombre, ya anciano, era prodigiosa.
Estoy hablando del que todos conocían en Badules como “El Tío Teodoro”, al que recuerdo con gran cariño y respeto; había nacido en Luesma en 1899, hijo de Modesto Ramiro y de Emilia Hernando, ambos del mismo pueblo en el que Teodoro pasó su infancia;  años más tarde conoció a Blasa, en Badules, con la que casó y compartió el resto de su vida.
Cuando llegó la hora del Servicio Militar, Teodoro se las ingenió  para librarse de ser destinado a África, en constante conflicto bélico en esa época; se podía pagar una cantidad para quedar exento de ese destino que oscilaba entre los 60 y 90 duros, dependiendo si lo hacía antes ó después de ser sorteado.  Teodoro esperó al sorteo, pues cabía la posibilidad de ser excedente de cupo, algo que libraba a los quintos de  hacer la “mili”.
Como no fue así, pagó 90 duros y de este modo su destino fue Huesca; el Regimiento de Infantería Valladolid 74, donde se incorporó el joven en 1921 con la idea de pasar un servicio militar tranquilo, pero unos meses más tarde, se recrudeció la violencia en el Protectorado, muriendo muchos españoles que  cumplían su servicio militar en la zona de Melilla.  El Gobierno envió refuerzos peninsulares para socorrer a los regimientos que se encontraban en apuros y frenar el avance de los Rifeños, y el  “Valladolid 74”  fue enviado íntegramente a la zona de conflicto, y Teodoro “cruzó el charco”, comenzando así su aventura africana que duraría dos largos años.
Su Regimiento fue emplazado en Dar-Drius, muy cerca de Ceuta, en la Brigada del general Cabanellas y participó en varios enfrentamientos entre los que él destacaba, por su dureza y la gran cantidad de muertos que hubo, el de Zeluán, camino del Monte Arruit.
Me contaba que en una ocasión, estando en una trinchera disparando su fusil, notó un fuerte golpe por detrás que le hizo volverse, pero allí no había nadie; poco después cuando fue relevado de su puesto y se dispuso a sacar la marmita de la mochila para comer, observó que tenía un tremendo agujero en el plato metálico y una bala incrustada en un “chusco”, dándose cuenta entonces que eso había sido el empujón que  notó en la trinchera. Quizá ese día aquel mendrugo de pan salvó la vida de Teodoro.
Estableció gran amistad con el “Pater" de su Unidad y sintió mucho su muerte, que presenció a corta distancia, cuando el cura  subió sobre un cañón para ver en la lejanía y cayó  al suelo con un disparo en la frente; me contó muchas más experiencias y personajes importantes que conoció, como al mencionado Cabanellas, al general Berenguer, a Millán Astray, fundador de La Legión;  incluso, me decía, estuve cargando un avión en el que después se subió Franco saludándonos uno a uno.
Recordaba la camaradería existente entre los compañeros en medio de tanta dureza por los constantes combates, la climatología extrema, lo escarpado del terreno y escasez de alimentos en algunos momentos, y me decía mirando esta foto suya de aquellos tiempos: “Si revivieran los piojos que llevaba debajo del uniforme, esta foto se pondría a dar brincos”.
 
 
“El tío Teodoro de Badules”
Autor:
Pascual Sánchez
 
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