En 1852 se creó en Daroca un Cuerpo de Guardas Municipales y del Campo que a partir de entonces se dedicarían a vigilar la Ciudad y su término municipal con  servicios ordinarios desde el amanecer hasta bien entrada la noche, y extraordinarios sin limitación de tiempo.
Aquellos primeros Guardas Municipales y del Campo tomaron posesión de su cargo bajo juramento por el que se comprometían a cumplir un extenso reglamento con más de 40 artículos sobre sus deberes y obligaciones, sus competencias y sus derechos.
Mientras estuviesen de servicio, los Guardas Municipales tenían que llevar siempre visible el distintivo que los  identifica, el título de su nombramiento y el arma que les había sido entregada;  sus competencias eran todo lo relacionado con la seguridad de las personas y la propiedad privada, principalmente de ámbito rural, así como cualquier infracción al Código Penal y a las Ordenanzas de Caminos, de Caza y Pesca, y de Montes y Plantas, tanto comunales como particulares; así mismo tenían la obligación de proteger a cualquier persona o sus propiedades, que fuesen atacados por alguien o estuviesen amenazados de serlo.
Tenían facultad para denunciar a los infractores de faltas en un plazo de 24 horas desde que eran cometidas, y no tenían participación económica alguna en las multas. Si se trataba de delitos, la denuncia la harían de manera inmediata, incluso deteniendo al infractor, siempre y cuando no estuviese presente algún agente de la administración pública; si este llegase más tarde al lugar de los hechos, el Guarda Municipal le explicará lo sucedido al Agente y en su caso le entregará al reo y las prendas o efectos aprehendidos, dando cuenta inmediatamente al alcalde del hecho en cuestión, así como de cualquier otro asunto relacionado con sus cometidos.
Entre sus obligaciones estaba la buena conservación de los “mojones” delimitadores, las enfermedades o epidemias en los ganados, los incendios de mieses o arbolados y las amenazas de plaga de langosta.
Tenían obligación los Guardas Municipales de entregar al alcalde cualquier efecto o animal  abandonado que encontrasen en sus rondas; estaban sujetos a una disciplina propia de su cargo y en caso de no ser cumplida serían reprendidos o amonestados por el alcalde por las faltas que pudiesen cometer, tales como embriagarse, acudir a casas de mal vivir, tratar con personas de mala conducta, practicar juegos prohibidos, incluso los permitidos en horas de servicio; ocupar en la caza, pesca  o cualquier otra distracción el tiempo que debían invertir en el cumplimiento de sus obligaciones.
Deberían estar siempre bien aseados, y limpias las prendas de vestir que el Concejo les había suministrado, así como sus armas reglamentarias, que por supuesto no podrían usar fuera de su servicio; tampoco podían ausentarse del término municipal por más de 12 horas sin conocimiento del alcalde, o dejar de efectuar su ronda durante una o más jornadas.
El Guarda Municipal no podía recibir gratificación o regalo alguno de cualquier especie de ningún propietario, colono o ganadero, agradecido por un servicio recibido por este. Ninguna autoridad ni funcionario público bajo pretexto alguno, podía distraer a los Guardas Municipales del ejercicio de sus funciones, con comisiones, servicios ni encargos de ningún tipo, fuera de las obligaciones previstas en sus servicios. El Guarda Municipal y del Campo era responsable y estaba obligado a indemnizar con su sueldo y bienes a los perjudicados de cualquier daño cometido en el término, que él hubiese podido evitar conociendo la falta, y no haberla denunciado, y si por la causa que debidamente justificada, el Guarda Municipal era retirado del servicio debería entregar  inmediatamente  su arma reglamentaria su distintivo y título.
 
 
Guardas Municipales de Daroca
Autor:
Pascual Sánchez
 
(Todos los derechos reservados)