A lo largo de mi vida he visto a cuatro alcaldes calamochinos, que deseando lo mejor para su pueblo, les ha deparado la floresta algún que otro tropezón, que al igual que las cicatrices no hay forma de borrarlas, y quedan ahí, para recuerdo en la historia, provocando un demeritorio “pixelaje” a sus otros merecidos logros.
El mismo alcalde que nos puso el agua corriente y ordenó poner goma en las llantas de los carros, nos incorporó a la campaña de embellecimiento de pueblos, ajardinando rincones y plantando centenares de macetas y metros de seto, que al ser apreciado delicatessen de ovejas desaparecieron en menos que te lo cuento, además de los geranios más bonitos, que en alevosa nocturnidad aparecían a la mañana siguiente trasplantados en las ventanas de las vecinas más audaces.  
A otro de nuestros ediles le costo el sillón, el intento de cargarse las frondosas robinias de la Fuente del Bosque tratando de ensanchar el Puente Ratero, siendo que durante años ha servido de moderador de velocidades sin necesidad de poner badenes, bandas sonoras, semáforos o radares. De aquellos días de manifestaciones, les recomiendo no mirar la fototeca porque puede darles un yuyu.
Otro de nuestros alcaldes demostró con creces su pasión por lo verde, como lo siguen pregonando las pequeñas isletas y salientes en las aceras de la Huerta Grande a fin de preservar sus históricas nogueras. Sin embargo era tanto su amor por la naturaleza y tan malo su equipo de asesores que del monte nos llenó de pinos la ciudad, y aun siendo de hoja perenne tuvimos que seguir barriendo calles y afrontando problemas a medida que aquello tomaba proporciones.
Y así llegamos al actual mandatario con tres años de gestión aún por delante en los que puede enmendar los desaguisados para acallar no pocos  mentideros y tertulias, donde tiene al gallinero bastante desconcertado, y nada contento con las hazañas de la motosierra. Son los típicos charradores cobardes, envalentonados donde no hay que dar la cara, y de similar pelaje a aquellos reivindicativos “verdes”, que intentaban encadenarse a las acacias y hoy pasados los años se han esfumado porque ya son casta.
Pues bien, en la primera semana de marzo acabamos de consumar lo que podríamos definir como la semana trágica de las coníferas, ya en todo el Desvío, más conocido como Travesía, no queda un solo pino. Lo mismo con el existente en la calle Aragón que ha pasado a mejor vida, y al igual que los tres que cobijaban a san Cristóbal en la confluencia de la calle Teruel y otros cuatro hermosos ejemplares de nuestro cementerio.
Yo no sé, si esto es una venganza, una obsesión, es que nos hemos puesto una fabrica de pélet, o que puñetas pasa aquí, porque no me parece normal que por algún pino que pueda peligrar se corten todos, o que para arreglar la cocina tengamos que tirar la casa entera. Así pasó en el Polideportivo, que  por tres pinos se cortaron los treinta restantes,  y lo mismo que ha ocurrido en la carretera que si antes dejaba que desear, ahora ha ascendido a categoría de secarral. A este pack lamentable, se suma el despropósito de los tres plátanos que durante medio siglo hicieron guardia junto al Santo Cristo, siendo condenados a morir tras un desastroso trasplante a raíz desnuda, cosa que no se le ocurre ni al que asó la manteca.
Zaragoza con sus ciento sesenta mil árboles, con solo un diez por ciento en mal estado, es un buen lugar para aprender. En sus calles hay diversidad de especies con ejemplares que sobrepasan los veinticinco metros, y es normal que se prescinda de cualquier ejemplar ante cualquier peligro que pudiera provocar, lo mismo que es normal arreglar de vez en cuando las aceras incluso hasta las que no tienen árboles porque también se estropean y causan accidentes en el vecindario.
El colofón a tanto disparate lo acaban de sufrir las acacias de la carretera de Morata, donde los calamochinos nos hemos quedado sin ese emblemático lugar o mejor dicho, con Fuente pero sin Bosque, donde a sus centenarias acacias rebosantes de salud, se las ha sometido prácticamente a la pena capital, con un salvaje desmochado que es la máxima agresión que se le puede inferir a un árbol; y donde se ha obviado la ancianidad de los ejemplares, lo inadecuado de la época y la magnitud de las heridas que van a ser letales para estas cinco joyas de la naturaleza que han formado parte de nuestra memoria colectiva.
Silencio, se tala
Autor:
Jesús Blasco
 
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