Quince huevos, un kilo de azúcar, un litro de aceite de girasol, dos vasos pequeños de anís, ocho sobres de gaseosa de la Bandera o del Tigre además de la harina que el componente admita. Con todos los ingredientes mezclados se van tomando pequeñas porciones para ir haciendo churros de unos veinte centímetros con los que haremos rosquillas cerrándolas con las puntas una sobre otra y las meteremos al horno.
A estas alturas de la película, no creo que los habituales de esta sección lleguen a sorprenderse por traer a colación una receta de cocina, acostumbrados como están a temas de lo más dispar de nuestro día a día; es para ellos como veteranos, y también para los nuevos que hayan aterrizado por este rincón de El Comarcal, la súplica de guardar este recorte de papel y hasta invitarles a que hagan una intentona de practicar entre fogones.
Todo sea para que no se pierda esta sencilla fórmula con la que obtendremos unas humildes pastas de evocadores recuerdos para los calamochinos, pastas tan simples que por no tener no tienen ni nombre aunque por darles un poco más de tronío creo que no les va mal bautizarlas como rosquillas de anís, con las que nuestras monjas concepcionistas y junto a una copita de vino de celebrar solían agradecer pequeños servicios al convento además de obsequiar a los quintos del año y a todo aquel que se acercaba a su locutorio. La sencillez del producto y su fácil elaboración nada tienen que ver con los Piononos, los Kremowtka de Juan Pablo II o los Pastéis de Belém, nuestras pastas son de dura textura como el clima y de sabores  identificables que no engañan en la boca, además del cariño como componente principal de estas rosquillas que nos han endulzado la vida durante generaciones, y a punto hemos estado de perder su fórmula que tiene todo el derecho de formar parte de nuestro acervo y patrimonio local.
Rescatar del olvido esta singularidad lo debemos al providencial acierto del  felizmente jubilado José Ateza Gómez, que pidió y consiguió su composición días antes de que nuestras monjas mudaran de residencia. Pepe o también Pepito para los amigos, es un emblemático ciudadano que en Calamocha no necesita carta de presentación porque es conocido por todo el mundo.
Como es sabido, pertenece a la tercera generación de panaderos, y aunque no quiera reconocerlo su vida está llena de singularidades comenzando con la peculiaridad de su apellido Ateza escasísimo en España cuyo número anda parejo con los dedos de las manos; ya en época del colegio le hacía gracia a don Miguel Maícas el cual solía llamarle alteza cada vez que lo sacaba a la palestra; en mis visitas al archivo municipal me he encontrado varias referencias a otro Ateza antepasado suyo que resultó ser un eficaz enterrador en tiempos de aquella epidemia de cólera que dio lugar al Baile de San Roque y al que nuestro Ayuntamiento quiso homenajear por su heroico comportamiento; pero si tuviéramos que elegir una estampa icónica de nuestro personaje seríamos multitud los que nos decantáramos por un Pepito precursor de los tiempos a lomos de un original triciclo como primer telepan de aquellos días, proporcionado por ciclos Santamaría de la calle Aragón, desde el que llamaba la clientela a pleno pulmón como si de un wasap parlante se tratara, precisamente en unos años cuando las calles estaban abiertas de zanjas para la instalación del agua corriente y desagües.
Antiguamente con el mes de agosto a la vuelta de la esquina, los críos de mi época  barruntábamos la llegada de las fiestas por el olor que inundaba  las calles próximas a los hornos morunos, con un inconfundible aroma a magdalenas recién hechas y otras lindezas por el estilo, ojalá que a partir de ahora entre para quedarse en nuestros hogares el olor y sabor de esas rosquillas de anís que para nuestra localidad estan llenas de recuerdos.
Sabores inolvidables
Autor:
Jesús Blasco
 
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