Mientras la tormenta Gloria  captaba toda nuestra atención y seguía  haciendo de las suyas, algo estaba por llegar a la maltrecha acequia de las Monjas que sin previo aviso al vecindario,  ha permanecido cortada y seca durante  los últimos meses.
Y ese “algo” al que me quedo corto calificándolo como acontecimiento del año, tiene sobrados méritos para ser incorporado al calendario calamochino como festivo local, al tratarse de la colocación de una tajadera casi en la misma puerta del convento, a la altura de la angina que divide  las aguas,  hacia la Orillada, y hacia la Sierra y Matadero Municipal que tuvimos en otros  tiempos.
Pensé que tanto refinamiento y tamaña ingeniería no la verían mis ojos, que tras toda una vida, no se acostumbran a ver cortar la acequia volcando en pleno cauce una remolcada de tierra, o en el mejor de los casos tal como se venía haciendo desde la toma de Granada, con un tablón podrido, chapas retorcidas y sacos con hierbajos y aljezones.
En tiempos, el avanzado alcalde Luis del Val supo restituir una treintena de metros de la margen derecha dejando a la acequia en su sitio y quitando el chabisque y los olores donde abrevaban los ganados. Desde entonces en ese lugar no se ha invertido ni en una pellada de cemento y todavía menos con un avance tan cualitativo como supone la colocación de una simple tajadera.
Mientras han durado las obras hemos visto a la brigada municipal dentro del cauce de la acequia, no se sabe bien si es por una promesa, un deseo incontenible de saltar dentro del cajero, por turno de azofra, o bien para  analizar el terreno ante una futura canalización que evite el riesgo sanitario y el espectáculo de primavera-verano, con hierbas de más de un metro, nacidas en el lecho. Decía Napoleón que “el agua, el aire y la limpieza eran los productos principales de su farmacia”.
El agua pese a quien le pese, es un bien de dominio público sometido al derecho de administración, control y policía del Estado que es a fin de cuentas quien nos garantiza su buen uso y disfrute común. El hecho de que la Administración te haga concesión de uso, incluso de manera gratuita, no quiere decir que te esté dando la propiedad del bien, conviene en esos casos para tener claras las cosas y no ser intervenidos, leer muy bien la letra menuda porque en la propia concesión va implícita la recomendación de respetar y cuidar al bien recibido.
Los que aquí moramos tenemos la fortuna de disfrutar por doquier del liquido elemento, con una importante reserva de aguas freáticas además del regalo que nos hace el Jiloca a su paso por Calamocha, con el más generoso caudal de todo su recorrido.
Lo nuestro sería tomar conciencia de la suerte que tenemos y desear que este advenimiento de la nueva tajadera nos marque un nuevo tiempo de actuaciones que ya deberían estar hechas y del necesario respeto al medio, que la sociedad, cada vez con más fuerza, esta demandando. Ojalá no experimentemos nunca el agorero proverbio inglés “no se aprecia el valor del agua hasta que se seca el pozo”.
Vivir para ver
Autor:
Jesús Blasco
 
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