El Río de la Vida es una preciosa película de los años noventa, dirigida por Robert Redford, en la que relata las vidas muy distintas de dos hermanos, que sin embargo están unidas por el recuerdo de infancia y juventud en torno a uno de los muchos ríos salvajes que recorren el bello estado de Montana.
Multitud de calamochinos sentimos esa misma adoración por nuestro Jiloca y lo cuidamos cada vez que abrimos el grifo de nuestras casas, para en unión de otros muchos domicilios conformar la cloaca máxima calamochí, que viene a ser como un río subterráneo por donde diariamente  más de millón y medio de litros de aguas negras, discurre hasta alejarse dos kilómetros del pueblo, aflorando en el paraje llamado de las Escorrentías, para ser tratadas en una depuradora convencional, hecha con previsión de futuro y capaz de dar servicio a una población de veinticinco mil habitantes/equivalente.
En el otoño de 2006,  tras cinco años a vueltas con las obras y seis millones de euros de inversión, entraba en servicio esta vieja aspiración de los calamochinos, viniendo a sustituir de manera definitiva a la mini depuradora que cuarenta años atrás se construyó frente al Lavadero de Lanas, donde estuvo la mayor parte del tiempo sin funcionar, y demostrando sobradamente que nos habría salido más a cuenta el invento de los pozos ciegos de los babilonios.
En el siglo XIX las diferentes epidemias de cólera ayudaron a la mentalización europea a favor de estas instalaciones, siendo Hamburgo la primera en estrenar depuradora aprovechando la reconstrucción de la ciudad tras su fatídico incendio. En España este honor le corresponde desde 1937 a la ciudad de Reus a causa de su ancestral escasez de agua para riego agrícola.
La cofinanciación del Gobierno de Aragón y los fondos FEDER, obraron este maravilloso milagro en Calamocha, que al final llegó por higiene y porque ya tocaba. La gestión de estas cuidadas instalaciones corresponde al Instituto Aragonés del Agua que tiene destacado un equipo de tres personas que simultanean el trabajo con otras depuradoras cercanas, y que además de ocuparse de los análisis y del perfecto proceso de aguas y lodos, están en permanente vigilia y avisados al minuto de cualquier anomalía.
Todo lo que allí llega pasa una primera fase en el llamado pozo de gruesos, que es el inicio de un doble proceso de depuración de agua y acondicionamiento de fangos por procedimientos físicos y químicos donde tendrá especial relevancia la aireación continua, el tamizado, desengrasado, el tratamiento biológico de baja carga y la deshidratación de lodos, como parte de un interesante y sorprendente proceso depurativo difícil de explicar en cuatro lineas, pero digno de ver.
Diariamente, tras todo el proceso, más de mil quinientos metros cúbicos de cristalinas y depuradas aguas se vierten al cauce del Jiloca, además de extraerse dos toneladas diarias de fangos que tras su tratamiento vuelven a nuestros campos como excelente sustrato agrícola. Cada estación depuradora tiene su sello y característica personal como esta nuestra, singularizada por la acumulación de grasas, producto catalogado como peligroso y por tanto retirado de la planta periódicamente a su último destino en  Zaragoza.
Aunque alguien pueda echarse las manos a la cabeza, en nuestra querida Calamocha estamos preparados y con los medios necesarios para seguir los pasos de Singapur, la ciudad del planeta donde hay más ricos por metro cuadrado y donde la embotellan para beber tras el proceso de depuración y potabilización. Ambas instalaciones las tenemos aquí a pleno funcionamiento y con capacidad para hacer lo mismo, pero dejo así la cosa no sea que me pillen la idea.
Por esta vez la película del río de nuestra vida tiene un buen final, reconvirtiendo un cenagal en un nuevo fénix que vuelve a la naturaleza para una segunda vida; el otro río, el de siempre, sigue suplicando la institucionalización de una limpieza anual que antes o después también llegará. Entretanto vaya para los guionistas y actores del film, un aplauso de gratitud por esas casi 300 depuradoras funcionando en nuestro territorio, que a día de hoy cubren las necesidades del 90% de los aragoneses.
 
 
 
El Río de la Vida
Autor:
Jesús Blasco
 
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