Las históricas ferias calamochinas de marzo, junio y sobre todo la de noviembre, dejaron su impronta en las gentes de esta Cabecera de Comarca, dotándolas de una especial habilidad para el comercio. Aquellos eventos se recuerdan en nuestros días, dando nombre a una de las calles del municipio y con el topónimo de Ferial Alto y Bajo a unos irreconocibles espacios absorbidos por la expansión urbanística.
Gentes venidas de todo lugar y condición hallaban acomodo en pajares y casas del vecindario que apoyaban por unos días a unas fondas desbordadas y en frenética actividad. La más famosa de todas, la Fonda de la Cruz, vería cruzar sus umbrales durante muchos años al caprichoso carro entoldado, del señor José,  (Jiménez con jota para que no haya dudas), nacido en algún lugar de la vecina Cutanda, que traía adornado con luces de aceite y de unos llamativos trabajos de guarnicionería en sus laterales. Todo un tuning de nuestros días.
El señor José fue durante su vida tratante de ganados; de joven una mula le dio una patada en la boca y tuvo que recomponerse todos los dientes por otros de oro. Por su conocimiento con los equinos le tocó ejercer de albéitar incluso inventando una pócima milagrosa y hasta hoy secreta, compuesta de bicarbonato, pimentón y vinagre, mezclado en una botella de cava, en previsión de la reacción química para aplicado a modo de dentífrico consiguiendo cortar la infección bucal del animal y salvarlo de una muerte segura. El señor José era todo un referente conocido por propios y payos como un gitano de -vara larga-, que en el argot calé viene a significar como persona de reconocido prestigio, formal y donde un apretón de manos para sellar un trato tenía más valor que una escritura.
Tuvo con su compañera Encarna Mendoza siete churumbeles, Aquilino, Avelina, José, Maribel, Juan, Milagros y Enrique, los cuales y como curiosidad en los varones, siendo hijos de los mismos padre y madre llevan apellidos distintos (Clavería, Romero y Jiménez) seguramente con la única estratagema de librarlos de la mili y hacerlos pasar por hijos de viuda, circunstancia que llegado el momento cumplieron orgullosos con el deber patrio allá por Bétera, Sevilla o Palma de Mallorca.
Ni mangar ni pedigüeñar, era la máxima que el señor José repetía a sus hijos. Les enseñó a respetar a la gente y a trabajar, y en su deambular por la comarca cuando entraban en alguna paridera donde pasar la noche, predicaba con el ejemplo y la barrían antes de abandonarla dejándola en mejores condiciones que la encontraban. En Vivel del Rio cortaban sarga de calidad para hacer cestos durante el invierno, mientras que con la quincalla solían ir de puerta en puerta para trocarla por un cacho de chorizo, tocino blanco o algo que echar a la olla.
Hace ya muchos años que los hijos de José y Encarna son unos calamochinos más, la integración con la ciudadanía es total y hasta el extremo de que cuando estás con ellos ni se te pasa por la imaginación que hablas con un gitano. Ellos dicen que cuando vinieron a Calamocha les cayó la lotería. Seguramente la suerte ha sido mutua, tras haber topado como se dice en jerga caló, con gitanos chipé.
 
 
 
Gitanos chipé
Autor:
Jesús Blasco
 
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