Por el equinoccio de primavera  florecen los narcisos y tulipanes, coincidiendo con las campañas de la Dirección General de Tráfico que  por estas fechas y ante la operación salida de Semana Santa suelen airearse para concienciación de conductores, estando previsto  para este 2019 casi dieciséis millones de desplazamientos.
Todo un fenómeno de masas, que al albur de una conmemoración religiosa también lo es en su complejidad un fenómeno social que involucra por igual  a pueblos y ciudades echados a la carretera, y en busca de un deseado descanso, una experiencia cultural, una convivencia familiar o una huida de lo convencional para un reencuentro con la fe.
Estos éxodos primaverales tienen su origen en los tiempos de los faraones, siendo en la fiesta del Pésaj Hebreo donde la gente ya viajaba para juntarse con familiares y amigos, al igual que hizo el propio Cristo que quiso celebrar con sus discípulos, desplazándose al cenáculo de Jerusalén para conmemorar la liberación del pueblo de Israel, tras cuatro siglos de esclavitud en Egipto.
Y es precisamente esa semana, la última en la vida del Mesías la que la Iglesia celebra en toda su magnitud, con una riquísima liturgia en los templos y llenando las calles de cofrades que pasean a golpe de percusión, una impactante y dramática imaginería que copia los momentos mas crudos de la Pasión a pesar de las buenas manos del artista escultor que trata con su arte de suavizar tanto martirio.
De poco le sirve, o al menos bien poco caso se le hace  a la Iglesia de Roma en sus constantes llamadas, a que vivamos estos días su vertiente mas espiritual y religiosa, en lo que deberían ser jornadas de sosiego y reflexión al menos para los católicos. Aquel espíritu se ha trivializado y en torno a la Semana Santa ha aflorado toda una maquinaria de ocio y turismo donde se mueven ingentes cantidades de dinero, y que como es natural está por y para atender a todo un espectro de sensibilidades.
Y junto a este trasiego por el conocimiento geográfico hay que sumarle la crisis de fe por la que estamos atravesando y que deja su impronta  en las cofradías de los pueblos pequeños, acarreando serios problemas en las bandas, en la sección de costaleros o en los penitentes de vela. Es otra forma de éxodo la partida definitiva o temporal cuando algún cofrade abandona dejando tras de sí un enorme dolor entre los hermanos que se quedan.
La España vaciada también es esto, aunque en ella afortunadamente  encontramos abundantes ejemplos de gente que cierran sus oídos a los cantos de sirena porque hay tiempo para todo; aquí descubriremos gente comprometida por creencia y tradición y que no conoce mas Semana Santa que la de su pueblo; son gente que valoran su compromiso y que ya saben y pueden afirmar que el próximo año ni estarán de viaje ni viendo pasar la comitiva desde las aceras; estarán participando, llenando de fe y arte nuestras calles y manteniendo con el máximo respeto el legado de nuestros mayores.
 
 
Éxodo variegado
Autor:
Jesús Blasco
 
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