Por la calle Ilarza, antiguamente así rotulada y fiel al castellano antiguo sin la hache (Hilarza) como erroneamente muestran en la actualidad las placas del callejero, guardo la imagen de los dos alguaciles, escalera en ristre que iban numerando puerta por puerta, y claveteando en los dinteles, unas placas azules de aluminio que además de baratas han dado un resultado excelente.
Aquella operación que se continuaría por todo el pueblo me pilló de niño; y precisamente ahí donde antaño se hilaban sogas de cáñamo, seguí contemplando con suma curiosidad el tejemaneje que se traían los funcionarios municipales colocando números a uno y otro lado siguiendo un orden incomprensible para un crío, hasta que al final salí de dudas con las explicaciones de Benito y Mariano, de colocar los números nones a la izquierda, los pares a la derecha y siempre comenzando desde el inicio de la calle y tomando de referencia el edificio ayuntamiento.
Lo aprendido en aquella tarde de hace sesenta años nunca se me olvidó, como tampoco el trajín de la escalera y del puerta a puerta, que en breve volveremos a ver,  al ser éste uno de los puntos aprobados en el reciente pleno ordinario de abril, que además del “porque ya tocaba” tambien resulta ser una caridad cristiana para con los carteros que a punto han estado de volverse modorros, en una Calamocha que en esos años ha doblado su número de calles y donde se practica la manía de no rotular adecuadamente los buzones de las comunidades de vecinos.
Otro de los puntos aprobados de índole menor, en un pleno municipal cargado de importancia, es la creación de dos plazas de jardinero que si bien son necesarias como el  comer y largamente pedidas y deseadas, me suenan a castillos en el aire y poco o nada espero de su cometido aun cuando en sus manos esté la no poca responsabilidad de mostrar la mejor cara de nuestro municipio, al ser ellos los maquilladores  y los encargados de practicarle unos  cuidados capaces de fascinar o al menos impactar en propios y visitantes.
No espero nada de los jardineros, y seguiremos con el más de lo mismo, mientras los mandamases no tengan claro que estas personas no son peones al uso, y ya tienen bastante tajo con lo suyo sin necesidad de tenerlos de dominguillo montando escenarios, de aqui para allá o en otras tareas que no sean las propias, porque además de desaprovechar sus conocimientos profesionales solemos acabar con las cosas a mitad y sin estar ni en misa ni repicando. Tener en estos momentos en plantilla a dos especialistas de la jardinería es la mejor inversión para esa ilusionante Calamocha que se está dibujando, y que ellos mejor que nadie ayudarán a que nuestro pueblo les entre por los ojos a los futuros calamochinos, que atraidos por un puesto de trabajo quieran fijar aquí su residencia.
Se queda corta la convocatoria de tan solo dos plazas de jardinero, cuando de unos años a esta parte se nos ha disparado la floresta, con una infinidad de metros cuadrados de zonas verdes que reclaman continua atención, a los que hay que sumar el mantenimiento de los cajeros del frecuentado paseo fluvial procurando su perfecto estado, sin descuidar unos necesarios retoques a los rincones degradados de la localidad, además de las inmediaciones de las estaciones de trenes y autobuses, y una nueva  plantación con especies espectaculares en esa joya de la corona que viene a ser un escaparate de casi un kilómetro de recorrido que nos brindan las medianas de la calle Desvío.
Castillos en el aire
Autor:
Jesús Blasco
 
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