El domingo 10 de mayo de 2020 y en la ciudad de Borja, abandonaba este mundo a los noventa y dos años de edad Pilar Castejón Montañés, la última abadesa del cenobio calamochino de Religiosas Concepcionistas Franciscanas, y por avatares del destino también última “lámpara viviente”, apelativo que conllevaba una responsabilidad dentro de la intimidad del convento y que más adelante comentaremos.
Pilar fue la tercera de siete hermanos y había nacido en la calle de las Bodegas de la localidad de Godojos, perteneciente a la comarca de Calatayud; fueron sus venturosos padres Guillermo y Soledad, que darían más vocaciones a la Iglesia como es el caso de su hijo Fernando, jesuita en Zaragoza y de su nieto Isaac, benedictino en el monasterio del Leyre.
Permaneció en la casa familiar hasta la edad de quince años que se trasladaría a servir a Zaragoza estrenándose en la tarea de niñera con tres críos a su cargo, a la par de ir madurando su verdadera llamada interior como religiosa de clausura. En este crítico período de reflexión para una monja en ciernes, aparece tirando para casa de esta nueva vocación, la proverbial figura de mosén Manuel Villalta Lapayés, nacido en el mismísimo convento calamochino al vivir allí sus padres de mandaderos.
En 1950 con veintidós años, ya tenemos a Pilar en el convento del príncipe San Miguel, habitado por una comunidad floreciente pese a vivir tiempos duros de posguerra y  donde tras cumplir seis meses de postulantado, un año de novicia, tres años de profesión simple y cinco de solemne, se quedaría para siempre en este lugar bañado por el Jiloca en la tarea de sacristana y tomando el nombre de Gregoria del Santísimo Sacramento.
No es casual que se decantara por las concepcionistas, cuando la titular de la parroquial de Godojos es la Purísima y tampoco es baladí que en religión tomara el nombre del patrón de su localidad natal, San Gregorio obispo de Ostia muy venerado por los agricultores al ser el abogado de las plagas del campo, y cuya reliquia con la cabeza del santo viajó desde la basílica de Sorlada (Navarra) hasta Calamocha, donde fue recibida con actos extraordinarios allá por el año de 1786 a petición de nuestros antepasados que tenían los campos diezmados de arañuelo.
Es público y notorio que el convento calamochino nunca ha disfrutado de holgada economía, más bien al contrario, y si en algo ha sido rico es en cariño y afecto que las gentes del lugar le han prodigado en justa correspondencia al recibido. Entre las historias que guardan sus muros está la del padre Gregorio Mover, director espiritual del Seminario San Carlos de Zaragoza, el cual en uno de sus desplazamientos para impartir unos ejercicios espirituales, quedó impactado por las penurias que atravesaban nuestras monjas, y tras una profunda decisión hizo saber a la comunidad su propósito de ayudarles económicamente.
A tal efecto el padre Mover creo la fundación de la Lámpara Espiritual, mandando fundir cubiertos y objetos de plata de su pertenencia a modo de lámpara para que ardiera permanentemente ante el sagrario; además de encomendar a una de las monjas lo que él llamaba “lámpara viviente”, con la obligación de rezar por quienes no rezan. En 1903 ingresó una joven de Vitoria que fue la primera que se estrenó en el cargo, la madre Gregoria ha sido la última.
En su entierro y a causa del coronavirus nadie pudo acompañarla salvo sus hermanas de clausura, un entierro así tan recogido, es el que siempre hubiera soñado esta monja peculiar, de espíritu espartano. Y salvando el amargo trance de cerrar el convento y desandar el camino que trecientos y pico de años antes hicieron las fundadoras, fue feliz en sus 70 de clausura, y dichosa de haber culminado una vida deseada. Ella que quiso pasar por este mundo sin ruido ni notoriedad no lo ha conseguido, pasando a formar parte de la historia calamochina. La recordaremos siempre por multitud de inolvidables recuerdos y especialmente en los meses de mayo y junio cuando acicalaba la capilla del convento con aromas de azahar y de azucenas. DEP.
La lámpara viviente
Autor:
Jesús Blasco
 
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