Viene de lejos el desencuentro que aún en nuestros días mantienen la tecnología y nuestro bien amado san Roque. La cosa se remonta a medio siglo atrás coincidiendo con el nacimiento de la Peña La Unión, cuando aquellos jóvenes calamochinos decidieron lavar sus ojos en una nueva piscina de Siloé y se vistieron de blanco, el color de la pureza y de la luz, y cruzaron sus miradas con el de Montpellier y aquello fue como un flechazo que todavía perdura.
De inmediato las filas de bailadores comenzaron a crecer del mismo modo que aumentaban  los problemas logísticos para la audición de los dichos. El tema llegó a preocupar y tras las deliberaciones le tocó cargar con el mocho a la humilde peana del Patrón, que vio como el serrucho hacía de las suyas buscando en retaguardia acomodo a una batería de coche. Y para que la parte delantera fuera conjuntada en el destrozo, se le aplicaron sobre las varas sendas bocinas del mismo porte y diseño que las que traía instaladas el colchonero lanero sobre la baca de su furgoneta.
Los pobres costaleros que soportaban los bocinazos en su nuca, acababan visitando al otorrino y con un tratamiento de gotas para el pabellón auditivo. Los dicheros con el efecto retorno no lo pasaban mejor, debían acercarse a las andas y estirar el cuello como si fueran a besar la Santa Columna, mientras alguien les aplicaba en toda la boca un micro con cable, dado que en esas fechas aún no se conocían los inalámbricos.
Y aquellos artilugios proclives al chirrido que se instalaron para salir del paso, se mantuvieron durante más de una década, hasta que el superávit de la Comisión de Fiestas de 1980 permitió comprar un gran cuadro en azulejos para la ofrenda de flores y un carrito primo hermano del de los helados y que en su panza llevaba lo último del momento, un novedoso micro sin hilos, batería, amplificadores, receptores de señal y el arranque de un erguido mástil donde iban colgadas tres columnas megafónicas.
Nadie podía imaginar que aquella tecnología que tanto nos ilusionó iba a convertirse en la caja de Pandora donde todo el mundo con algún conocimiento de radiocomunicación acabó metiendo mano, se hizo habitual en medio de la procesión un símil de mesa de operaciones manipulando las tripas del carro. Y, menos echar humo, ocurrieron todo tipo de averías, silencios, ruidos y perdidas de onda; llegándose a pensar en un complot para censurar los dichos.
 Pese a todo, el invento duró otra década, y hasta se coronó el mástil con bocinas y una antena. A ese tiempo debemos otro glorioso experimento conectando los sonidos de procesión a la red publica de altavoces municipales. La cosa fue tan desastrosa y tan horripilantemente encantados quedaron los vecinos, que tenían el chun-chun en la ventana, que aquello no se volvió a repetir.
En la década de los noventa estrenamos un engendro a medio camino entre Caballo de Troya y torre de asedio, atiborrada de altavoces que a simple vista parecen la mudanza de la tienda de electrodomésticos o un viaje camino del Punto Limpio. Lo cierto es que, a pesar de la lamentable estética, la tecnología ha respondido con calidad de audición y potencia de decibelios, derivando en la compra de un segundo engendro, y camino llevamos de un tercero para cubrir la zona de niños.
Pero antes de que esto ocurra las partes implicadas deberían darle al coco porque ya toca, para bien del baile, liberar la procesión de artilugios rodantes, evitar que en los cruces algún bailador se estozuele y dejar campo libre para echar una foto sin que aparezcan los susodichos.
 
 
Ondas hertzianas
Autor:
Jesús Blasco
 
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