A estas alturas de la película, tengo serias dudas de si se han enterado los munícipes calamochís sobre la propiedad del reloj de la torre que por iniciativa del entonces alcalde don Emilio Benedicto Marina (1936-1943), lo mandó traer desde tierras catalanas, porque además de ser de lo más novedoso del momento y no faltarle de nada, se podía iluminar por la noche y daba las horas en catalán.
En aquellos tiempos  que llevar reloj de pulsera era privilegio de unos pocos, el de la torre fue el común y el que compartíamos los lugareños, a pesar de que nunca nos hemos fiado por causa de sus continuos parones, retrasos y averías, cosa que hemos sobrellevado sin dejarnos la marca de impuntuales, aunque vayamos unos metros por detrás del carácter british forjado a ritmo del histórico Big Ben que no cesó en dar las horas con exactitud  ni aun en tiempos de guerra.
Desde antes de la pandemia está parado el nuestro, y no se sabe bien si por contagio del coronavirus o por unas sabáticas vacaciones del relojero municipal. Lo evidente es que ha caído en desgracia y ya nadie lo mira porque  estamos en los tiempos de los relojes inteligentes y de los móviles, y hasta en la tienda los regalan  cuando compras una lechuga; con nostalgia o sin ella todo tiene su fin, y aquello que tuvo su momento de utilidad, antes de llegar al calificativo de trasto, es ocasión de darle un honroso destino en el futuro museo local, devolviendo a la torre su estado original.
Pero que cunda la calma que para días hay reloj en la torre, nuestra melsa es de reconocida calidad con marchamo de denominación de origen a la hora de modernizar, sustituir o cambiar lo que va superando el paso del tiempo; sirva de ejemplo la iluminación de la torre con la que el alcalde electricista nos obsequió en la década de los noventa instalando unos focazos  que deben gastar la intemerata; en su momento fueron novedad y como pioneros hasta crearon tendencia en nuestra zona, pero ya han celebrado sus bodas de plata y ahí están como la Puerta de Alcalá, cuando lo suyo y desde hace años deberían haberse sustituido por iluminación fría y actualizada para realce de tamaño monumento; y digo más, nuestra torre se presta a maravillar al personal si con alabastro se cerraran las ventanas de la parte de ladrillo incluido el chapitel, y además se incorporara en su interior un juego de luces con colores cambiantes.
De tejas abajo, en el ágora que llamarían los griegos, el despropósito es la norma con la que se ha ido remodelando una plaza de España que ni fu ni fa,  poco acogedora, sin carácter e incapaz de suscitar sensaciones en el visitante, donde además de  obviar el asunto pluvial se ha resuelto mal la convergencia de las dos plazas, en la que se ha llevado la peor parte la de Santa Beatriz de Silva, excepción hecha por si el proyecto esté aun a medio cocinar.
En pleno renacimiento con visión futurista los reyes Católicos ordenaron en todos sus reinos, la apertura de grandes espacios en lo más céntrico de las poblaciones, donde ubicar los edificios municipal y parroquial y donde poder celebrar los eventos multitudinarios; circunstancia que en nuestro caso hemos venido cumpliendo a rajatabla sirviéndonos de coso taurino y zona de mercado, donde además del cementerio ubicado allí mismo, teníamos también los   juzgados, la escuela y la primera biblioteca entre otras cosas.
Hoy es una plaza sin vida, desangelada a pesar de la alegría que siempre provoca el sonido de las fuentes, siendo en nuestro caso un alivio cuando calla el chorretón, y una desagradable originalidad la de taparla con boina ocho meses al año y sin control de las excelentes mielgas para conejos que crecen en su derredor. No es mucho pedir a la municipalidad que fuera pensando en una futura convocatoria de ideas para camuflar la belleza distraída de nuestra plaza, en la que previamente deberían proceder a la clausura de la perenne exposición de Leroy Merlin donde para 20 farolas hay nada menos que tres tipos de carcasas de luminaria.
Ni fu ni fa
Autor:
Jesús Blasco
 
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