A pocas horas del inicio de un nuevo Halloween, el soporte cohetero que se utiliza cada catorce de agosto para soltar el chupinazo,  lucía bien amarrado a la barandilla del balcón municipal. Y dado que en Calamocha estas fechas tienen su aquel rememorando las Ferias de Todos los Santos, cualquiera hubiera sentido viendo el artilugio, la premonición de unas fiestas de rompe y rasga con “güete” y todo.
Como la felicidad dura poco en casa de los pobres, en cuanto llegué al Peirón alguien se encargó de despertarme de mi ensoñación, asegurándome que el cacharrico lleva allí sin moverse desde las fiestas patronales, no se sabe bien si por olvido, perrería, o por alguna promesa de hacerlo formar parte del paisaje urbano.
Es una pena que no tengamos en el municipio a un maestro armero a quien poder echarle las culpas de todas estas cosas, porque también más de lo mismo nos pasa con el ornato festero de banderolas y gallardetes que aparecen en nuestras calles desde  mitad de julio hasta final de agosto como si fuera algo normal; y ni te cuento si nos adentramos en nuestro sufrido Arrabal, donde ya no se quitan desde julio hasta casi los pilares, y donde tampoco les ha llegado la operación renove a unas banderolas ridículas y deshilachadas, contemporáneas de las de ¡¡Bienvenido, Míster Marshall!!
Este lío de no retirar a tiempo las cosas de fiesta además de producir muy mala imagen, no es nada saludable para los habitantes de la Villa y menos para los que por la edad vamos a clases de memoria, al tenernos sumidos en una continua confusión que acabas sin saber si estás en San Roque o en Navidad, con el reloj biológico afectado y en consecuencia con el ritmo circadiano hecho unos zorros.
Que no exista responsable a quien echar el mataclamo, salvo a San Pitorrín, o que el mes de agosto sea en nuestro pueblo temporada alta altísima, con fiestas por todos lados, las vacaciones reglamentarias de la plantilla y con los pueblos triplicados de gente, nos lleva a la conclusión de que hay falta de previsión, y lo que es aun peor, que este fenómeno cíclico que se repite año tras año ya lo aceptamos como natural y que lejos de atajarlo lo asumimos con toda normalidad.
Lo ideal seria que tras acabar las fiestas, viéramos a una brigada municipal reforzada, a eso de las ocho de la mañana del Lunes de la Bajada,  retirando todos los archiperres y signos festeros; comenzando por el Arrabal, donde parece que aplicamos la ley del perezoso manteniendo las cosas, aunque lo suyo es que días mas tarde haya que volver a recolocar una docena de gallardetes para las fiestas del barrio.
Y, si perpetuar imágenes fuera de tiempo nos perjudica por el desinterés y despreocupación que pudiéramos proyectar, es para  destacar un hecho que nos honra y que venimos repitiendo desde hace muchos años y que ojalá nos copien en toda la redolada. Es precisamente el cambio de las banderas ya descoloridas que han estado a merced aguas y soles, por otras nuevas e impolutas cuando se engalana el balcón municipal en cada comienzo de fiestas y donde permanecerán hasta el siguiente mes de agosto.
Ese deterioro de las enseñas por efecto de la climatología es el que ha motivado el relevo reciente de tres de las cuatro banderas que lucen a la entrada del Juzgado de Calamocha. La bandera que ha quedado sin sustituir es la Local y seguramente por algún problema de existencias, tamaño o alguna causa menor. Quiero imaginar que los servicios de protocolo de nuestro Ayuntamiento estarán en el asunto para obsequiar con una nueva insignia a tan respetable institución.
 
 
Sin maestro armero
Autor:
Jesús Blasco
 
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