Por ahora se cumplen cuarenta años desde que la Ciudad Condal tomara la iniciativa nacional de instalar el primer contenedor para reciclaje de basura, rompiendo con la ancestral  costumbre del mundo rural, donde las gallinas y los cerdos daban buena cuenta de las sobras de comida, el chatarrero  cambiaba las latas por agujas de cabeza gorda para jugar los críos, y los envases de vidrio había que retornarlos a la tienda para que no te los volvieran a cobrar.
Y aquello que con tan buen tino comenzó en Barcelona se fue extendiendo a lo largo y ancho del suelo peninsular, llegando hasta los pueblos más remotos y creando un conflicto estético y paisajístico de muchas narices y difícil solución, donde los ediles llevan años estrujándose las neuronas al igual que los calamochís, que se siguen reuniendo a la hora nona de  todos los lunes, miércoles y viernes intentando resolver la cosa.
En ese calentón de cabeza, varias comunidades autónomas llevan meses debatiendo para apostar por modelos alternativos en la recogida de basura, y mientras localidades como Orba (Valencia) con sus dos mil habitantes han organizado por días la recogida selectiva puerta a puerta, donde han conseguido doblar el reciclaje, estando los vecinos más contentos que unas castañuelas. Para los de por aquí, esas soluciones son un recordatorio de los tiempos de Agapito y de Procopio, pese a que el caso de Orba tiene cada vez más implantación en multitud de ciudades españolas que siguen las tendencias de buena parte de Europa, y donde el bolseo se hace con chip para en un futuro pagar más quien más basura genere.
Nuestra generación ya se habrá muerto cuando esos modernismos inteligentes lleguen a estas latitudes, sin embargo cada vez son más los ayuntamientos que apuestan por el soterramiento para quitar de la vista los contenedores,  incluso aun van más lejos aquellos que se lo pueden permitir, instalando la llamada  recogida neumática como es el caso de Zaragoza para sus zonas de expansión, donde han desaparecido hasta los camiones.
Dejando la levitación para otro momento y volviendo a pisar con los pies en el suelo, sería plausible  comenzar por lo sencillo y dedicar cuatro ratos a pensar la forma de mejorar el impacto visual, camuflando los contenedores o desplazándolos unos metros fuera de las calles principales al igual que ocurre en las grandes ciudades. Al propio tiempo vendría bien una nueva reubicación teniendo en cuenta una actualización de la densidad de población por calles, los diferentes tipos de establecimientos que ahora existen, además del aprovechamiento de solares donde concentrar y crear isletas ecológicas de quita y pon a disposición del dueño del terreno.
Como al final quien decide es el bolsillo, podemos encontrarnos con soluciones más modestas que ya han aplicado con buenos resultados allá donde la ubicación de los contenedores lo ha permitido. No obstante, lo que este artículo pretende, es mejorar la estética de nuestra Villa y de que su imagen no salga tan dañada, el problema planteado es de considerables proporciones que habrá que abordar poco a poco, pero por el momento sería para celebrar la desaparición del desembarco de contenedores existentes en torno a la emblemática Plaza del Peirón, circunstancia que no se repite en ninguna plaza principal de España.
Compleja solución
Autor:
Jesús Blasco
 
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