Suele ocurrir entre los malos estudiantes que tras un año sabático sin dar golpe, se pasen la víspera del examen en plena vigilia, intentando recuperar el tiempo perdido y tratando de estudiar en una sola noche todo lo que no han hecho en un curso entero.
Exactamente lo mismo pasa en las corporaciones municipales y también en Calamocha mi querido pueblo, donde por desgracia no somos la excepción. Aquí, como muy bien saben los votantes, hemos tenido a una ínfima minoría de concejales sacando las castañas del fuego, mientras que los más, se han dedicado a estar en el jacuzzi pinchando pompas de jabón.
Pero el tiempo ha pasado y ahora estamos en ese momento glorioso en que vuelve a nuestras manos el voto que hace cuatro años prestamos a los candidatos, y es de nuevo ahora, cuando tenemos la posibilidad de mandar bien lejos a quien intente repetir tras haber estado tomándonos el pelo la legislatura entera sin molestarse de abrir la cartera de concejal.
Los que hemos tenido el honor de servir a España con el servicio militar, entendíamos la necesidad de la leva gratuita porque nuestro País no tenía recursos para pagar un ejército profesional como ahora. Los soldados de reemplazo, sujetos a una disciplina, sin sueldo, y a unas normas con una libertad mermada, suspirábamos por que nos dieran “la blanca”, pues de ese color era la cartilla de la licenciatura; y todos los amaneceres lo primero que hacíamos era tachar el día en nuestro calendario de bolsillo, esperando el ansiado momento final para salir corriendo del cuartel.
Aquella implicación para con la mili era necesaria pero no era cómoda, y de alguna manera tiene similitudes con la pertenencia a corporaciones como la calamochina, que nada tienen que ver con las de las grandes ciudades. Aquí en un pueblo como el nuestro, cada concejal tiene la obligación de legislar y currar, todo al mismo tiempo y además por la  jeta.
Salvo honrosas excepciones siempre he pensado que todo aquel que se perpetua en corporaciones como la nuestra, es debido a que no trabaja ni se implica debidamente en su concejalía, o bien porque lo rentabiliza y medra en el puesto. Lamentablemente y tras muchos años observando esta máxima, cada día es mayor mi convencimiento.
La próxima primavera vuelve a Calamocha el Amo de esa Hacienda,  que somos todos los electores, y al igual que pasó en la parábola de los talentos examinará a todos los repetidores en lista. Mucho me temo que entre los vagos no habrá aprobado general.
Ahora es el momento de que los partidos políticos si quieren aspirar a sacar nota, filtren las listas, o en su defecto se echen a la bartola dando vía libre al todo vale. Mientras deciden, me llevo la colchoneta a la garita del Aguatel porque viene un tiempo interesante.
 
 
 
¿Y ahora que?
Autor:
Jesús Blasco
 
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