En apenas seis meses y si nadie lo remedia, estaremos palpándonos la ropa en medio del cutandino paraje de las Celadas, donde hace novecientos años, un jueves 17 de junio de 1120 el rey Alfonso I “El Batallador”  paró los pies al Caíd de Sevilla que venía dispuesto a reconquistar nuevamente la plaza de Zaragoza trayendo consigo un poderoso ejercito de enfervorizados y furibundos almorávides.
El resultado de la sangrienta gesta que alteró fronteras y pudo ser de transcendencia inimaginable para la Península y más allá de los Pirineos, si por un casual la victoria se hubiera decantado del lado de los sanguinarios monjes soldado oriundos del nomadismo sahariano y dispuestos a derramar su sangre en la guerra santa de muerte al infiel. De haber sido así, puede que en nuestros días la feliz y tranquila Calamocha se seguiría llamando Cala Mussa, Monreal no existiría, posiblemente llevaríamos turbante al uso, y nuestra autovía estaría rotulada en nasjí.
Cuentan las crónicas que el brutal y atroz encontronazo dejó en el campo de batalla miles y miles de cadáveres, sin que hasta el momento se haya dado con el fosal donde fueron enterrados, escapando al escaneado de los georadares y cuyo hallazgo aportaría un valor arqueológico a la batalla de Cutanda de proyección mundial. Por el momento sabemos del horror y espanto que debió ser  aquella carnicería con la frase “peor fue que la de Cutanda” recogida en los Anales de Zurita, como expresión habitual que aún circulaba tres siglos después de la fatídica fecha.
A resultas de aquella efemérides y ante tamaño escarmiento, la plaza de Zaragoza quedó definitivamente asegurada de futuros ataques, mientras que el autoproclamado Rey Emperador remató la tarea con la conquista de territorios que le permitieron consolidar el Valle del Ebro, del Jalón y del Jiloca, mientras que para los musulmanes fue el anticipo de su  principio del fin.
No es habitual encontrarse con un aniversario nueve veces centenario y de semejante proyección que para nuestra suerte se va a dar en el municipio de Calamocha y que a estas alturas estemos aún a verlas venir o a la sopa boba por no hacer uso de palabras mas rotundas y adecuadas.
Un acontecimiento así merece la implicación de todo el Municipio además de no perder ni un minuto en actitud de brazos cruzados; ojalá que los próximos días entre turrones se susciten comentarios en las largas sobremesas y sirvan para  despertar las conciencias de los directamente implicados para que se pongan cuanto antes  a la tarea y al menos traten de salvar los muebles.
Todo el municipio de Calamocha debe volcarse y estar a la altura de este importantísimo acontecimiento que nos reportará cache y pedigrí. Alguien debe ponerse en cabeza para coordinar y aunar voluntades que ya afloran como es el caso de la  Comparsa de Gigantes y Cabezudos, el documental que está rodando la TV Aragón, o la próxima publicación de Francisco J. Lázaro que verá la luz el próximo mes de enero titulada “Cincuenta monedas que cuentan la historia de Aragón”.
El profesor Virgilio Rodrigo ha sido el más madrugador con su aportación al histórico acontecimiento, levantando con sus propias manos un precioso peirón en un estratégico punto de las Eras Altas que perpetuará en los tiempos venideros el hermanamiento con la localidad de Santa Elena lugar donde se asestó el golpe definitivo a los ejércitos musulmanes en la renombrada Batalla de las Navas de Tolosa.
El evento que tenemos ya en la puerta de casa, debería suponer en las arcas municipales gastos excepcionales como cuando se te casa un hijo, y del mismo modo la implicación sin descuido para llegar a la fecha con el Centro de Interpretación terminado, la actuación vecinal con un ajardinamiento en la próxima primavera de rincones degradados, y entre otras cosas la creación de un voluntariado de donde salgan rotulaciones, murales y galas para el embellecimiento de calles y balcones.
Pues hala, a la tarea.
Estar a la altura
Autor:
Jesús Blasco
 
(Todos los derechos reservados)