Perdóneme el lector si por enésima vez vuelvo al tramo urbano del río Jiloca, donde se ha invertido la intemerata para solaz y disfrute del personal, resultando inimaginable que al recorrer aquel bucólico paseo, en vez de invadirte la paz espiritual, el sosiego y la calma interior, lo que te inunda es un rebote de mil leches, acabando el trayecto con un cabreo monumental y la bilirrubina disparada a causa del lamentable  estado que presenta el cauce.
Los concejales activos, los de la vagancia y las células dormidas, todos ellos componentes de nuestra corporación, han debido estar veraneando por las Islas Candongas porque de asomarse por el lugar de marras la ciudadanía les hubiera cantado las cuarenta, al ser ellos los únicos que no se han enterado de que junto al charroteo sobre el recibo de la luz, han sido protagonistas y tema de conversación a lo largo del verano además de objetivo principal de unos piropos por parte de la ciudadanía que de convertirse en dichos hasta San Roque se hubiera abochornado bajándose de la peana.
Alguno de los aludidos tras medio siglo con el municipio calamochino fusionado, siguen dale que te pego llamando pedanía a lo que ni es, ni existen pedanías por estos lares, lo que induce a pensar que o bien estos personajes tienen vocación de kilimanjaros o van por la vida con un despiste descomunal. Por si acaso y por la cuenta que a todos nos trae, no está de más recordarles que según la Ley de Aguas 28.4, las actuaciones en cauces públicos en zonas urbanas son responsabilidad municipal, sin perjuicio de las competencias de la Administración Hidráulica con quien se puede suscribir convenios de financiación para determinadas actuaciones. Todo lo anterior está refrendado por la sentencia del Tribunal Supremo de fecha 10 de junio de 2014.
Vale ya de escusas y de echar balones fuera, porque la Confederación Hidrográfica del Ebro en vez de poner pegas debe estar más que encantada de que los usufructarios cumplan con su obligación y le limpien sus ríos, con la salvedad de que se les pida permiso indicando si la tarea de desbroce y limpieza será manual y con agua hasta la cintura o metiendo un panzer para destrozar el lecho, cajeros y todo lo que se le ponga por delante, consiguiendo que sea peor el remedio que la enfermedad.
Resulta lamentable tener que estar machacando sobre lo mismo una y otra vez, cuando el problema se resuelve en una mañana al año, para dejar el río más bonito que un San Luis, cosa que evitaría taquicardias y disgustos a todos esos veraneantes enamorados de su querida Calamocha, que apenas  llegan y sin deshacer las maletas salen disparados de casa a cumplir con su primera faena que es la de irse a la riera para disfrutar de las novedades acaecidas en el último año. La primavera es un tiempo extraordinario para que los eslabones de la cadena de mando lo tengan todo dispuesto para una inminente actuación que debe quedarse crónica en el tiempo como ocurre con el ritual de las banderas del ayuntamiento que desde hace décadas y en cada catorce de agosto son renovadas luciendo impolutas para regocijo de todos, ejemplo que han tomado y siguen haciendo en muchas localidades de nuestro entorno.
La motosierra también tiene oportunidad de lavar su triste fama, liberando las ramas desgajadas, naturaleza muerta y enmarañamiento de la amalgamada vegetación en más de un kilómetro de cajeros, donde posiblemente hay mayor peligro que el aportado por la pobre noguera con veinte años de vida junto a la fuente del Puente Romano,  apeada pese a su buena salud en los primeros días de septiembre y convertida en leña para el invierno por el simple hecho de haber crecido torcida, a consecuencia de las gamberradas de un mozalbete al que le dije de todo, que se entretuvo en cimbrear y saltar como los monos sobre el tronco doblado para partirlo cuando su grosor era poco más que el de un palo de escoba.
Riesgo son también los ríos si no se limpian, y cuando las condiciones anóxicas no son las adecuadas, donde además de mosquitos las bacterias y toxinas pueden resultar letales para peces, pájaros y mamíferos, junto a una perdida económica aportada por el turismo y una devaluación y desprestigio de estas áreas y zonas de expansión que acaban en el desinterés y sin valor.
Pongámonos las pilas para que el próximo verano la cosa cambie, no nos pille el toro y menos aún que tenga que volver a ganar una nueva apuesta, porque de esta clase no me gustan.
 
 
Adiós, verano, adiós
Autor:
Jesús Blasco
 
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