Entre las estribaciones del Hindú Kush hay otra Calamocha donde en plena calle, un sonoro ¡Viva San Roque!  podría costarnos un serio disgusto; y donde  sus alrededores fueron sembrados de minas, a la par de sus áridas y polvorientas calles que se trufaron de nidos de ametralladora, utilizando sus plazas como lugar preferido para las ejecuciones, mientras fue bastión bajo el poder de los talibanes.
Los calamochinos del Asia central necesitarán mucho tiempo y sobre todo hacer piña con sus compatriotas, unidos en un esfuerzo colosal, para poner en pie un país desolado que arrastra cuatro décadas de guerra, en donde la esperanza de vida se ha visto reducida a cuarenta y tres años, el analfabetismo ha superado el setenta por ciento de una población en la que la mitad vive bajo el nivel de la pobreza con menos de un euro al día, y donde las mafias del opio han convertido Afganistán en el primer productor y exportador del mundo.
Un halo de esperanza acaba de abrirse en Doha, capital de Qatar donde las partes en conflicto se han sentado en este mes de septiembre, buscando una paz duradera que saque a la región de aquel infierno. Para entonces, cuando por aquel rincón se respire normalidad, será el momento de un encuentro entre la Qala Musa asiática y la Calamocha con  nomenclátor castellanizado, para que se conozcan y hermanen degustando las exquisitas granadas del Valle del Helmand y nuestras delicias de Teruel,  con permiso de Alá naturalmente.
En nuestro caso, compartir nombre compuesto, es una casualidad del destino con orígenes dispares. Así, mientras en árabe la raíz Qala viene a significar castillo o fortaleza; Musa es un topónimo omnipresente en todo el mundo islámico, sirviendo indiscriminadamente para designar una montaña, un río, un hotel o una peluquería. Musa, o Moisés al castellanizarlo, es un nombre tremendamente popular con el que se pretende honrar y recordar al que fue salvado de las aguas y criado en la corte del faraón, que además es uno de los grandes profetas de alta estima, venerado por el islam, judaísmo y cristianismo cuyo nombre es el que más aparece en el libro sagrado del Corán.
Nuestra Villa según los historiadores lleva el nombre de su fundador, Musa Ibn Musa, conquistador de Tudela y walí de Zaragoza que viene a ser el equivalente de gobernador de la marca superior de Al-Ándalus, y que en el siglo IX, en el momento de su mayor apogeo vino a reforzar el límite sur de sus dominios, como también atestigua el daliense Al-Udri, historiador y geógrafo andalusí del siglo XI y cronista de los Banu Qasí, familia a la que perteneció nuestro héroe, siendo el más famoso de todos ellos y pasando a la historia con el apelativo de El Grande.
La primitiva Calamocha debió ocupar poco más de la pequeña atalaya que se levanta en plena Plaza de España y sobre la que se asienta todo el complejo parroquial fruto de diferentes ampliaciones. De aquel recinto amurallado que estuvo rodeado de un foso defensivo, lo mas antiguo es el primer cuerpo de la torre militar reconvertida en campanario, siendo originaria de la guerra de los Pedros en el siglo XIV, sin embargo en la última visita de nuestro admirado y respetado Pedro Segado Bravo, catedratico de historia del arte en la universidad de Murcia, tuve el gusto de acompañarle hasta la zona del antiguo frontón, donde reparó en unos lienzos de pared existentes bajo la torre, y que se hallan conformados y dispuestos con una argamasa de influencia andalusí según las modas y costumbres de hace más de mil años.
Junto al hermanamiento con nuestros tocayos pastunes, que ahí queda pendiente para cuando se pueda, tenemos por lo menos el deber inmediato de recordar a quien fundara nuestra Villa y le diera el nombre eterno de El Castillo de Moisés.
 
 
 
Al Qalah Musa
Autor:
Jesús Blasco
 
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