Tras la vivencia del celebérrimo Día del Cerro calamochí, no ha quedado rincón, velador o mentidero en  la Villa, donde el tema de conversación no haya girado  en torno al inusual despliegue de agentes y vehículos de la Guardia Civil cubriendo el momento de la bajada, a pesar de que muchos devotos de la Santa hubieran preferido algo menos de celo y protección.
Es verdad que los tiempos cambian que es una barbaridad y recuerdo que cuando era crío, acompañaba a mosen Salustiano junto a otros monagos a lomos del histórico coche apodado Jardinera de los Ibáñez, donde compartíamos asiento con una pareja de la Benemérita que se bastaba y sobraba para poner orden en el mítico Sinaí de los calamochinos, lugar donde comencé a odiar la paella con tajos.
En aquellos tiempos, y recién comidos, todo el mundo con la celeridad propia de quien espera un sunami comenzaba a recoger sus pertrechos para bajar a la masada a merendar y echar cuatro bailes. En torno a las siete de la tarde se formaba una larga caravana cerrada por el carro de los mayordomos que serían los únicos que llegarían hasta el Santo Cristo, y sin entrar a la ermita se apearían para cantar una salve en el porche para dar gracias por el disfrute de un día sin novedad.
A pesar de celebrar una romería donde la generosidad en la pitanza y el bebercio prioriza sobre devociones y rogativas, la estadística nos deja datos incontestables de la paz y armonía vecinal vivida en tan señalada fecha. Tendríamos que remontarnos a la noche de los tiempos para recordar el accidente con  carro de Andrés el calvete, a consecuencia de espantarse sus caballerías por la rotura de unos sifones. Y mas recientemente en 1994, el de la señora Juez de Instrucción, sin consecuencias personales, al derrapar su coche, tras frenar sobre la gravilla esparcida en la recién inaugurada carretera como así consta en el libro de cofrades.
Está más que demostrado el civismo de los romeros en el día del Cerro tanto con su comportamiento, las hogueras, y la ausencia de vandalismo con vehículos. No se puede decir lo mismo respecto del reciclaje y basuras que quedan esparcidas entre los chaparros, de la que son responsables unas pequeñas minorías de asistentes  que aún no han hecho suya las buenas costumbres como personas y vecinos de dejar el monte en mejores condiciones que lo encontraron. Por eso, unos anuncios de concienciación en los medios locales y en los días previos obrarían milagros.
Y si en toda buena romería que se precie no pueden faltar los prosélitos del Duque de Ahumada y esta nuestra lo es; los mayordomos de la Santa, a la vista de la deriva de los dos últimos años, ya están tardando en presentar credenciales en la Casa Cuartel, a fin de preparar en colaboración con los agentes  una bajada feliz, sin sorpresas, actualizada a los tiempos para llegar a casa con el billetero y puntos de carnet intactos.
 
 
Algo habrá que hacer
Autor:
Jesús Blasco
 
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