A eso de las diez y media de la noche, mientras el común de los calamochinos estaba en la celebración de la última cena del año, un automóvil al que se le debieron desbocar los caballos, realizó una particular carrera por las calles Real, Manuel Marina y Ramón y Cajal, dejando su impronta en el mobiliario urbano y coches estacionados, además de arramblar con un buen número de bolardos que quedaron esparcidos por la calzada. Afortunadamente la cosa acabó con la embestida a otro coche aparcado, y sin que haya que lamentar desgracias personales como podría haber ocurrido en un año normal, sin confinamientos ni horarios especiales y con más gente en la calle.
Ante tal circunstancia y antes de enviar a la brigada municipal a reponer unos bolardos que no aportan nada, serían buenos unos minutos de reflexión acerca de su cuestionada utilidad salvo para beneficio del chapista por las rayas y golpes a la hora de aparcar, o bien tomar la decisión de quitarlos definitivamente. Así lo debieron entender en otro momento, cuando en sendos lados de la misma calle conviven dos modelos distintos, los rasantes y los emergentes, solución muy calamochí de efecto espantoso, con el agravante de estar muchos de ellos torcidos y mal sujetados a un firme que como en el caso de la calle Manuel Marina, y con las losetas movidas nos deja un impacto ocular más propio de una pista de cuatro por cuatro.
En fecha tan señalada y cuando aún no se había hecho de día a eso de las seis de la mañana, tenía lugar otro estropicio frente a las puertas del Parque Municipal, donde un camión de gran tonelaje luchaba por liberarse de uno de esos cepos loberos para este tipo de transporte, en los se han convertido las rotondas calamochís, cuando el fundamento de esas isletas es justamente para todo lo contrario y deben ser garantía de fluidez y seguridad circulatoria.
El final quedó zanjado con una nueva  muestra de colaboración ciudadana, una farola por los suelos y con el camión atravesando la glorieta para poder abandonar tan incomoda situación. En definitiva nada nuevo bajo las estrellas puesto que no es la primera vez que algo así ocurre a consecuencia de sendas señales de tráfico indicadoras de  las calles Albarracín y calle Teruel, que se hallan instaladas a la altura de la rotonda del Bailador y que además de innecesarias y absurdas llevan a la confusión de cualquier forano.
La señalización vial del casco urbano y extramuros es algo que debe merecer nuestra mayor atención tanto por su estado físico, ubicación, inexactitudes y errores de bulto que las hacen candidatas a ser retiradas, como ocurre con la que tenemos instalada en pleno Polígono Agroalimentario donde se anuncia nuestra flamante parroquia de la Asunción, que ya en el siglo XVIII cambió de nombre por el de Santa María la Mayor y de eso hace la friolera de tres siglos.
A este paradigma de inseguridad vial que disfrutamos tanto calamochinos y visitantes, viene a poner la guinda, la conocida como Travesía o si lo prefieren calle Desvío, donde quedan retratados aquellos con responsabilidad en las diferentes administraciones. Sorprende que por falta de una luz en condiciones no hayamos tenido que lamentar todavía ningún atropello en los pasos de cebra; sorprende que tras cinco lustros nadie se haya clavado y sigan atornilladas a las medianas, las bases de las banderas de ferias; sorprende la inacción en el peligroso paso al polideportivo; sorprende el punto de colocación de vallas en la mediana que por falta de visión te obligan a echar medio coche fuera para ver quien viene. Y sorprende que a estas alturas desaprovechemos las posibilidades de ornato vegetal que ofrece el kilómetro de travesía, que con un mínimo de gusto y criterio podría ser una espectacular tarjeta de presentación.
Nochevieja accidentada
Autor:
Jesús Blasco
 
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