A veces es mejor no hacer nada y dejar las cosas como están, que ponerse a escarbar en algo, dejándolo a medias y al ventestate y sometido a  una palpable despreocupación y nulo mantenimiento, para reportarnos un clamoroso desprestigio a nivel nacional, tras haber hecho un despilfarro económico que roza la malversación, y sin reparar en la salud cardíaca de aquellos vecinos,  que cada noche se acuestan con el temor de levantarse con la noticia de algún estropicio vandálico en el emblemático Lavadero de Lanas.
 Allá por el 2008 con ocasión de la Expo Agua de Zaragoza, alguien sacó a relucir tan significado lugar, que precisamente había tenido su mejor protección en el desconocimiento de su existencia, y por tanto a salvo de gamberrismo al estar medio enterrados y sin publicidad desde que se echó la persiana al negocio de las lanas y de esto hace más de ciento cincuenta años.
En el lugar que cito, además de un maquillaje del río, se invirtió una friolera superior a los doscientos mil euros de dinero público, para que al poco, en 2012,  por dejadez y falta de gestión, la prestigiosa institución Hispania Nostra nos incluyera en la abochornante lista roja de patrimonio industrial abandonado,  donde el paso del tiempo nos ha hecho escalar puestos hasta el número ocho, a punto de hacer podio en cualquier momento,  para mayor  escarnio de cuantos aquí moramos y consentimos semejante tropelía.
Salir cuanto antes de esta penosa situación es un deber que tenemos como calamochinos, a la vez de prodigar y recabar el mayor de los respetos hacia este importante centro lanero que durante tres siglos nos puso en el mapa de la actividad comercial peninsular, con un producto insustituible e importantísimo en ese momento, y de donde salían cargamentos vía Zaragoza, hacia Cataluña, embarcando a veces hacia los mercados de Francia, Países Bajos y la influyente Génova.
De mayo hasta los azafranes era la temporada fuerte del lavadero, dando  trabajo a un buen número de personal con más de veinte especialidades en las  tareas que iban desde los atochadores, chorreros, estibadores, tablajeros, tineros, recibidores, y cosedores de sacas entre otras, hasta el llamado mozo de zarzo, que era un chaval encargado de recoger los vellones de lana caídos por el amplio recinto, y que nos dan idea de la frenética actividad de aquel recinto, donde la cotizada lana tras ser escaldada y lavada, perdía el cincuenta por ciento de su peso en un detritos llamado churre.
De aquella floreciente actividad que vino a instalarse junto a otras industrias en lo que fue el primer polígono industrial de la localidad, nos queda una importante esquinita, la “sala de máquinas”, de lo que ocupó toda una manzana, donde aun podemos ver cinco espléndidas tinas de sillería, junto a canales tallados en piedra, el punto donde se hervía el agua, una pared de grafitis de la época,  el canal de aclarado y hasta una pequeña pedrera que viene a ser un suelo de piedra en rampa para el secado al sol, gemela de otras muchas rampas que habría en esta singularísima instalación del siglo XVII, que no tiene parangón en todo el territorio aragonés.
Un euro es el precio que se suele cobrar en nuestros días por esquilar una oveja de la que se sacan unos tres kilos de lana, y cincuenta céntimos el precio del kilo de la lana recién esquilada, esta ruinosa operación nada tiene que ver con lo que decían nuestros abuelos de que una oveja era más rentable por la lana que por la carne y jamás hubieran imaginado que un alto porcentaje de esta fibra se utilizaría en nuestros días como aislamiento térmico en el mundo de la construcción.
Tenemos en España un centenar de referencias de lavaderos, la mayoría desaparecidos o en ruina total, en nuestro caso y a pesar de mis lloros, somos afortunados por lo que aun conservamos y por su prodigiosa ubicación a dos pasos del centro poblacional, y en un bucólico balcón junto al río Jiloca. Al menos en provincias bastante alejadas son visitables dos, de esas referidas instalaciones, visitas con concurrencia de miles de personas; pues a buen entendedor..., y ahí lo dejo.
 
 
Sigue estando ahí
Autor:
Jesús Blasco
 
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